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Reseña de Antonio Armenteros

RESEÑA
EL DESPLAZAMIENTO DEL ÁBACO.
Antonio Armenteros
Poeta, narrador y crítico.

Me pueden tomar por loco, pero acabo de leer una novela que es hija directa de la actitud satírico-filantrópica del cuento El Capote de Gogol, paradójicamente escrita por un extranjero (José Manuel Prieto, La Habana 1962). Un no eslavo/no ruso que juega y deconstruye a su antojo toda una tradición eslávica; ahora me siento tentado a citarles una pléyade de escritores rusos, o sea: ensayistas, poetas, narradores. Su escritura –me refiero obviamente a la de Prieto(1)– es nieta aventajada del ensayo filosófico ruso –finales del sigloXIX–, que establece subterráneamente un dialogo con la obra de tres maestros rusos del siglo XX (no olvidarse que esta novela de José Manuel, pertenece al siglo XXI). Trataré de nombrarlos: Nabokov, Pasternak y Brodsky; aunque a mi mente arriban otros dos ilustres nombres, o espíritus acmeístas: Ajmátova y Mandelshtam –esto no es nada, preparémonos para lo que viene. Livadia(2) es el nombre de la antigua residencia de verano del Zar Nicolás II –su última residencia propia, las demás fueron impuestas: incluso su asesinato. La trama de la novela transcurre en tres ciudades: Estocolmo, san Petersburgo y Estambul. Livadia constituye por su argumento la más universal de las novelas escritas por alguien de mi generación, no es una exageración(3). José Manuel Prieto resulta un autor cosmológico, en el sentido de que es un viajero, o sea un ciudadano del ancho y vasto mundo; no he dicho nada o casi nada, si no agrego que el autor ha bebido en todas las fuentes posibles y sabe como domesticarlas como transformarlas en alta literatura.
Livadia desborda el modelo canónico epistolar del siglo XVII –aunque su origen como género sea anterior–, es una novela total y sería aburrido detallarles la variedad temática que aborda, pero les realizare un breve guiño: humor negro, ciencia-ficción, informática, ciencia y técnica, física nuclear, óptica, técnicas militares, historia, deportes, matemática, espionaje, policiaco, etcétera… ¿Que usted también puede descifrarlos?
Prieto y, esto es a lo que iba, ha escrito –dejando a un lado todo lo anterior– la novela cubana más original del siglo que comienza. El autor apenas roza o toca la insularidad, su historia. Cuba, lo cubano –a lo cubano– en Livadia parece no existir y dije parece, porque cuando el personaje de la obra, J. –el alter ego narrativo de Prieto casi siempre– al llegar al estado límite, a las fronteras definitorias nos sale con una reflexión como esta, por ejemplo: “Y al ir acercándome a él, todavía sin reconocerlo –yo me erizo– […], o no es ninguna santa”. Estamos leyendo bien, eso resulta idiosincrasia habanera popular, o como dicen en la calle “de bajo costo”, pero participamos del discurso de alguien que se ha establecido en lo multicultural y, peor, ha sabido escribirlo con sabiduría. Prieto pertenece a todos los géneros, sus diálogos presentan esa extrañeza que tal vez como nadie cultivo el narrador Lezama Lima entre nosotros: “Existía una correspondencia exacta entre el último y perfecto estado –su imago– y sus cartas, constituían una representación exacta de su yo imaginado”. Aquí me podrán acusar de burdo, de no saber leer en otras fuentes, pero el autor y a medida que transcurre la novela, va creciendo –les debo recordar que es un libro de nada menos que 318 páginas. De ese mismo modo sentido y franco con que se burla del mejor cuento ruso para muchos, La Dama del Perrito, de Chejov. Sabemos que constituye una ironía edificadora, estructuradora, cuestionadora que se afilia a lo mejor de un término ruso y universal: “INTELLIGENTSIA”. Leámoslo: “…Junto a una pareja de adúlteros que cada año viajaban a Yalta”. Y el adulterio, señores lectores, en Rusia y posteriormente en la Unión Soviética, constituía –no sé ahora– históricamente una de las problemáticas mas desgarrantes y degradantes de la vida rusa normal por el grado de doble moral, prejuicios e hipocresías que contiene –no el hecho en sí, sino en la prohibición y el halo de culpabilidad que se le confería. Prieto es un jugador, un apostador obsesivo, un especulador que se arriesga con el lenguaje, con las lenguas cultas y populares –mala definición– que domina. Según avanza el relato, sus significados van incorporando vocablos de otros idiomas, hasta un momento en que no es necesaria aclaración alguna –no importan cuántas lenguas o idiomas sean utilizados. No es producto de la repetición machacona y tediosa, sino que el lector –entrenado o no– es capaz de realizar esas decodificaciones y las goza, siente un placer lyoterdano: “Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico en ellos”.
Por satirizar Prieto lo hace con él mismo: “Como un maniquí, le dije en ruso. Había mucha fuerza en aquel vestido rojo. V. estaba alegre por haberlo encontrado en aquel tenderete, entre tanto dermo”(4). O sea, se canso de deconstruir textos, historias literarias, conocimientos y la emprende contra aquel mismo José Manuel Prieto, escribidor de cuentos y ganador del Premio de las revistas Revolución y Cultura; y La Gaceta de Cuba, en los primeros años de la década del 90. Leyéndolo con atención no me engañaba, sabía –más o menos– adonde se dirigía, conocía el paño porque lo había vivido y me había cortado mis propios capotes con esas fibras, el nombre V. del personaje femenino para mí era Valia –pense que tenía bien asido en sus artimañas fabuladoras a Prieto, y era mentira–. Al final sabemos que la tal V. es Varia, Variushka, otro nombre tan extendido por el mal uso en Rusia, como el peor Iván de los cuentos humorísticos del pueblo.
José Manuel sabe y nos muestra que cada cosa es lo que es: la libertad es libertad y no igualdad, honradez, justicia, solidaridad, cultura, felicidad o conciencia tranquila. Prieto no sólo arremete con la tradición cultural universal –Occidental y Oriental–, sino con el teatro de vanguardia, la música y el cine. Este libro es un magnífico guión o argumento cinematográfico, porque el creador ha visto mucho cine -hasta hindú–, y ojalá que Dios nos encuentre confesados. O como nos aleccionaba Pushkin: “No permita Dios que veamos –o leamos– el desastre ruso, insensato e inmisericorde”. No más palabras e intentemos un gesto de aproximación y visitemos Livadia, su paisaje mundial, multicultural, cubano/ruso y claustrofóbico.

NOTAS:
1.—Prieto, José Manuel. Nunca Antes Habías Visto el Rojo. Ed. Letras Cubanas. Col. Pinos Nuevos,1996.
2.—Comentando o reseñando otros libros, por ejemplo: Bad Painting, de Anna Lidia Vega Serova; o Al Final del Camino, de Arístides Gil Acejo, me lamenté –en su momento– de no haber hablado sobre el libro de Prieto: Nunca Antes…, o la novela Enciclopedia de una vida en Rusia. México, 1998. Para una mejor aprehensión recomiendo consultar el Caimán barbudo. No.292. Año31.
3.—Prieto, José Manuel. Livadia. Mondadori, 1999.
4.—Existe cierta unidad interior –cierto diálogo interno entre este fragmento–, el personaje de V. Se parece al de Marina, la protagonista del cuento que da título al libro de relatos de Prieto. Marina es una cultivadora fiel de la frivolidad, busca la cosificación engañosa, malsana, mentirosa. Comparémoslo con el siguiente segmento: Yo intenté consolarla. No todo el mundo tenía un pañolón como el suyo. Su ajuar, además, era viejo tan sólo de una temporada, y este verano, felizmente, se había conservado la gama de colores de la anterior. Nótese el cinismo descarnado del escritor/personaje.

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Reseña de Livadia en el New York Times

A Butterfly Hunter Finds Love in His Net
By RICHARD BERNSTEIN, The New York Times, December 25, 2000.

Nocturnal Butterflies of the Russian Empire (Livadia)
By Jose Manuel Prieto
Translated from the Spanish by Carol and Thomas Christensen
Atlantic Monthly Press

Jose Manuel Prieto, a Cuban writer who lived in the Soviet Union for many years, conjures up an original and intriguing set of circumstances in his novel beautifully titled “Nocturnal Butterflies of the Russian Empire.” The story is narrated by J., who has gone to a small town near Yalta to try to capture a rare butterfly known as the yazikus, which will bring a big price from a collector. But while on a stop in Istanbul, J. falls in love with V., a beautiful Russian prostitute who asks him to smuggle her back to Russia. (Her passport has been taken by the Armenian gangster who lured her into prostitution in the first place.) J. bribes a Russian ship captain to take V. and him across the Black Sea to Odessa, but V., like a butterfly fluttering into the night, disappears at the very ferry terminal where they are supposed to press on to Yalta. J. goes on anyway to hunt for butterflies, and after two weeks a letter from V. arrives at the post office for him. “I stood there speechless, as if I had been descended upon by an angel (her rustling wings with their white tips and tailfeathers quite a sight in the gloom of the Post Office), who had handed me an envelope that had the sender’s name (which I saw at once), but no return address (in the bottom right, where they put it in Russia).”

The first letter is followed by more, and as he strives to write his own letter to V., J. reflects on the many things that form the substance of this novel: his past as a smuggler in post-Soviet Europe, his thwarted love affair with V., his ruminations on astral doubles and what he calls bilocation, “the simultaneous appearance of one person in two different places,” his study of volumes of the correspondence of famous people like Oscar Wilde, Franz Kafka and Madame Blavatsky.

In all, “Nocturnal Butterflies” is an impressive performance by a writer whose gifts are clearly abundant. There are passages of enormous beauty in this book, which has the striking visions of its doubly alienated narrator: a Cuban in Russia, a hustler-drifter in post-Communist Europe. But Mr. Prieto’s novel is also a brilliant, original hodgepodge. It consists of a kind of digressive drift, a cubist shattering of experience into shards of recollected fragments (Mr. Prieto calls his method “creating a pattern like a delicate construction of reeds”), and this imposes a taxing weight on the narrative pace.

Mr. Prieto’s novel is part love story, part international thriller, part New Age phantasm, part erudite literary anthology and part epistolary satire. One reads it with a wish for more story and less rumination, and at the same time with admiration for the originality of its author.

J., the narrator, is a clever, wounded, solitary figure, a rootless wanderer and opportunist with a knack for rueful self-observation. “I’d left bits of my consciousness, bits of myself on so many customs’ screens, a copy of me could easily have been formed from those samples, a me composed of 50 percent of my person,” he says, pursuing the theme of bilocation. He considers himself a traveler, not an exile, and his experiences in the sort of commodity arbitrage made possible by tariff barriers has made him an especially savvy citizen of the world.

It is when he is on the streets of Stockholm selling night-vision goggles from ex-Soviet military stores that he meets a burly, wealthy Swede named Stockis. Stockis is like J. in certain respects, a cosmopolitan gangster with an aesthetic bent. He is a butterfly collector, and he hires J. to go to the Russian Black Sea region to capture the yazikus. J. learns about butterflies, which then serve him as a metaphor, the endangered species that one pursues seeking fortune but that one has great difficulty capturing. J. goes to Istanbul on his way to Livadia near Yalta, and there he meets his femme fatale, V., whom Stockis calls papillon de nuit, nocturnal butterfly. There J. is drawn into her wish to escape from a Turkish captivity that he cleverly sees as a variation on Mozart’s “Abduction From the Seraglio.”

Helping V., as J. puts it, in one of the many noteworthy passages, would be “moving beyond butterflies with their meager but still measurable weight to arrive at the imponderable lightness of a soul, V’s. Bringing out an illegal soul was the ultimate challenge, the coup de grace to my years of heavy smuggling. It would be the finishing touch, the high point of my career.”

It is at this point that “Nocturnal Butterflies” reaches its narrative high point, as J. plots their escape. His beloved V. is a kind of night vision scope that he needs to get past prying customs officials, but one that he can’t bury in a false bottom in his backpack. J. finds a Russian ship heading for Odessa, and he buys a Finnish dagger, called a finka in Russian, and he devises, in the spirit of Mozart, an operatic plot to get V. out of the clutches of her brothel keeper. This cleverly rendered adventure yarn is interspersed, as everything is in this novel, with J.’s heterogeneous thoughts: on the wings of lepidoptera, on the travels of the composer Sibelius to St. Petersburg, on Gustave Flaubert’s correspondence with Louise Colet.

This is exciting, intellectually rich and a bit too much all at the same time, and it leads to an ending that is disappointingly reliant on the spiritualist side of J.’s many interests. Astral doubles, Madame Blavatsky and a story about a tragic 19th-century romance, a distorted mirror of J.’s romance with V., all come into play, as J. circles back to his starting point, which was about loss and nostalgia and attempted redemption within a morally shattered universe. These are heavily freighted themes, and Mr. Prieto is playfully, creatively and a bit excessively up to them.