El Caribe, Mar Mediterráneo

 

Cuando era un niño en Cuba, el mar, ir al mar, llenaba todo un verano. Cada viaje a la playa abría la puerta a una alegría infinita: los preparativos, el largo camino a la costa, la casa que alquilaban mis padres. Habían − las hay en Cuba−, dos tipo de playas: las del norte de la isla, elevadas y con claros fondos de arena; y las del sur, bajas y de mar oscura. Muchas de aquellas playas eran tan poco visitadas todavía en aquellos años que bastaba con que avanzaras con el agua en la rodilla para descubrir caracolas inmensas moteando el fondo, sus moluscos vivos. Las sacábamos hundiendo tan solo la mano, las colgábamos luego de un anzuelo: la gravedad vencía el agarre del molusco y la caracola, grande, brillando al sol su labio pulido, caía en la arena.

Nacer en el Caribe, la constante presencia del mar, impone una visión particular del mundo. Sin que me lo haya propuesto he colocado la acción de todas mis novelas en ciudades con mar. No importa que no sea el Caribe, basta con que haya olas, el aire salado de las tardes. Mis personajes están tan conscientes del mar como lo estoy yo de haber nacido a orillas del  Caribe, ese vasto mar que baña las costas de siete mil islas. Un mundo en sí mismo, un universo habitado por cuarenta millones de personas que hablan siete leguas amén de muchos dialectos regionales.

Descendiente de África, de Asia, de Europa, el Caribe se sabe heredero de la gran tradición de mestizaje y entrecruzamiento de culturas del viejo Mediterráneo. Es tan sentido este parentesco que más de un creadores de la zona han modelado sus historias sobre historias mediterráneas clásicas. Uno de los premios Nóbel caribeños, Derek Walcott, ha recreado en Omeros, de 1990, la historia de la Odisea, el conflicto entre Aquiles, Héctor y Elena y  la larga vuelta a Ítaca todos con personajes caribeños y contra el telón de fondo de la isla de Santa Lucia.

El Caribe es un mar, claro, pero también es  el tejido conjuntivo de algo más vasto, de una máquina gigantesca. Que es como ha preferido vernos otro gran pensador del Caribe, el cubano Antonio Benítez Rojo, autor de un libro indispensable para entenderlo (y para entendernos): La isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna de 1989. En su libro Benitez cuenta las etapas que permitieron la construcción de esa gran máquina capitalista en la que se convirtió el Caribe, primero gracias a la economía de la flotas y  luego gracias a plantación. Los puntos neurálgicos de todo ese entramado eran Cartagena de Indas, San Juan de Ulúa, La Habana.

De ahí que vaya cobrando cada vez más fuerza esa inteligencia, esa compresión del Caribe como un solo organismo no sólo geográfico sino cultural. Todavía no tenemos a nuestro Fernando Braudel, el francés que supo englobar todo  un universo en su El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II de 1949. Quizá es imposible repetir tal hazaña. Pero desde hace años se van sumando los libros. Hablo de la excelente Biografía del Caribe, del colombiano Germán Arciniegas, de la ya citada obra del ensayista y novelista cubano Antonio Benítez Rojo, de las novelas del también cubano Alejo Carpentier: El reino de este mundo, con un Haití en plena Revolución y del El siglo de las luces, que transcurre en varias islas del Caribe. Hablo, por último de las novelas de García Márquez, porque el colombiano es, de todos, el más declaradamente caribeño. ¿Quién si no él vistió en 1982 en la ceremonia del Nóbel una prenda típica de la región, la guayabera, la camisa adornada con alforzas?

Del mismo modo que existe la célebre cocina mediterránea que engloba recetas y prácticas culinarias de toda la región, quien viaje por el Caribe descubrirá los mismos platos, los mismos sabores, más o menos repetidos como variaciones de un mismo tema. Y no solo la comida: escuchará la misma música,bailada y disfrutada por igual en toda la región: el reggae de Jamaica, el son cubano, el merengue dominicano, el vallenato colombiano, el son veracruzano.

El Caribe es entonces, más que nada, una mentalidad. Las muchas islas, acrisoladas, mestizadas, puede que terminen acercándose cada vez más, derivando hacia la constitución de una “comunidad imaginada”. Hay quienes sueñan con una futura confederación caribeña, que quizá jamás llegue a darse. Lo que si duda existe, es esa expectación de algo más grande. La idea que del mismo modo que el Mediterráneo, con sus cruces y entrecruces de influencias, fue la cuna de más de una civilización, algo más grande todavía que esa música distintiva, que su comida, irradiará algún día desde el Caribe, se está gestando, no importa cuánto tarde en llegar.

Los primeros europeos que surcaron ese mar fueron los españoles, muchos de ellos como Colón, genovés, marinemos mediterráneos. El Caribe sirvió de base para la conquista de América, de Trinidad, en Cuba zarpó Hernán Cortes para conquistar Tenochtitlán. Deben haberse sentido a gusto, extrañamente en casa, navegando entre sus islas. Imaginémoslos sobre la borda, interrogando el azul  turquesa de sus playas. Hay un niño en la orilla. Ese niño soy yo.

Publicado en la revista El legado Andalusí, España.

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