El viaje de Sergio Pitol

Hace años Sergio Pitól me invitó a presentar su recién salido libro El Viaje en al Feria del libro de Minería de la ciudad de México. Revisando en mis archivos he encontrado el texto que leí en aquella ocasión.

Viaje al corazón de la luz

I

Contrario a lo que ocurre con muchos viajeros famosos a Rusia, el Marqués de Custine o el propio Alexandre Dumas, en cuyos relatos, a medida que se van internando en el país crece el horror ante el rostro poco amable del Imperio, en el viaje que en 1986 el escritor mexicano Sergio Pitol emprende a Rusia desde la ciudad mágica de Praga, el lector tiene la impresión de que se avanza hacia un núcleo de luz.

Una revolución se anuncia siempre por indicios insignificantes, que solo el conocedor sabrá aquilatar y señalar como tales. Con agudeza que sorprende, Sergio Pitol escribe cómo la transformación de Ogoniok, un insulso semanario ilustrado (el preferido, dicho sea de paso, de José Stalin) que en Praga empieza a desaparecer del quiosco en la esquina donde acumulaba polvo, le da la clave de que la perestroika no se trataba de una “estratagema para engañar a los americanos y tratar de sacar ventaja de ellos”. Y añade que la maestra de ruso que ha contratado para refrescar la lengua le cuenta que “la he leído de la primera a la última página y casi no he podido dormir estas noches. Todavía no puedo creerlo, pero lo cierto es que algo serio está pasando al otro lado de la frontera: ¡La revolución! Ni en el 68 se escribía aquí cosas como estas”

Este preámbulo en Praga, de la que confiesa el autor “casi no conserva apuntes”, deja entrever, por momentos, que el autor teme estar perdiendo el tiempo allí, se percibe una urgencia por viajar a Rusia para observar de primera mano lo que está aconteciendo. Una invitación de la Unión de Escritores de Georgia le servirá de pretexto para el viaje y le permitirá ser testigo de excepción de un acontecimiento único: “los primeros pasos de un dinosaurio por mucho tiempo congelado”.

II

Llega el escritor a la capital soviética con Miguel Strogoff (confiesa  Pitol: “cometí la extravagancia de llegar a Moscú con Julio Verne, pero no pude evitarlo”) y encuentra, el 20 de mayo, a Moscú en doble primavera. La de los días: “café, restaurantes, jóvenes con ropa vivamente colorida, con guitarras y libros bajo el brazo” y la del país: los teatros repletos por un público ávido de nuevas obras (en su mayoría antes prohibidas), las discusiones que levanta la prensa con sus artículos escalofriantes sobre las víctimas del Gulag, la lenta y dolorosa recomposición de la memoria histórica de Rusia, el vendaval de la glasnost.

Adentro, en los gabinetes chapados en roble, también las cosas están cambiando. Alguien le cuenta al visitante con lujo de detalles que no ahorra en su libro la inesperada revuelta de la Unión de Cineastas contra Serguei Bondarchuk, “un estallido de dimensiones nacionales” enfilada a un líder que terminó perdiendo “el puesto debido a su sectarismo, su desprecio a las tendencias jóvenes y las formas contemporáneas y por tratar de mantener vivo ese apogtema aborrecible acuñado por Siqueiros, nada menos: “No hay más ruta que la nuestra”. Un importante punto de inflexión, aquella revuelta: tomado el bastión del cine (declarado por Lenin, “las más importantes de las artes”) los demás no tardarían en caer.

Pero el terreno debía ganarse palmo a palmo: primero publican, cosa insólita, a Franz Kakfa en Inostrannaya Literatura, luego aparece la primera edición de Jorge Luis Borges y, por último, tiene el lugar el acontecimiento a escala nacional de la publicación del Ulises de James Joyce… En mi, que viví todos esos años en Rusia, leer este libro ha tenido el efecto de esas memorias escritas por un veterano que luchó en tu mismo frente y conoce de primera mano la historia de sus más sangrientas batallas y sus más clamorosas victorias, como esta otra, por ejemplo, la aparición ese mismo año de 1986 de las primeras obras del “pornógrafo” Vladimir Nabokov.

En la Unión de Escritores moscovitas, sin embargo, los viejos no han perdido todavía el control. Y les asusta que el escritor mejicano viaje al Cáucaso. Dos voces, dos opiniones se alternan a su oído: “Los georgianos son los peores, los menos confiables” le susurra una. “Georgia se esta convirtiendo en un asilo para la gente de Moscú y Leningrado. Un pintor, un argumentista de cine, un dramaturgo, cualquiera que valga la pena encontrará protección en Georgia”, le sopla la otra.

Admite Pitol que “estuvo a punto de suspender el viaje”.

Pero no lo hace felizmente.

III

Y cuando llega a Tbilisi el 24 de mayo de 1986, lo que encuentra es un reino de naturalidad (“naturaleza dentro de la naturaleza”, dice). En la capital de la república caucásica, la sensación que tiene el autor es de cima soleada: “!qué radiante representación de vida! ¡Qué rostros, qué movimientos al caminar, qué voces!… Es gente que pisa fuerte y pisa bien”

El autor, que ha estado aquejado de una rinitis, respira feliz: “apenas salí del aeropuerto mi sinusitis desapareció. Y toda la mañana de hoy he respirado maravillosamente”. Otras molestias desaparecen como por ensalmo. “Y contra todas las advertencias del doctor Rody, mi médico en Praga, bebí como un descosido sin sentir la menor molestia”.

Descongestionado doblemente, Pitol descubre en Georgia el rostro humano de un socialismo que fue abofeteado en Praga y que aquí reaparece bajo los bigotes  rientes de los georgianos. Maravillado, el escritor cata una cultura antiquísima que sitúa en el siglo V su primera obra literaria El caballero de la piel de tigre de Sota Rustaveli; de un país que se ha cristianizado antes que Roma (y menciona un icono en el que un caballero ensarta con su lanza a Constantino, todavía, en aquél año, un emperador pagano).

Quince siglos después es en ese antiguo país donde la “protoperestroika” de Shevardnadze ha madurado y dado frutos. Mamarshdasvili, el principal filósofo del fin del imperio soviético, ha impartido sus clases en la Universidad de Tbilisi y se le venera como a un Sócrates. De Georgia han salido filmes como “Arrepentimiento” de Tenguiz Abuladze, tercero de una bellísima trilogía, que quizá deba ser visto como el más importante manifiesto estético e ideológico de la perestroika. No hay que olvidar que Stalin era georgiano y los intelectuales del país consideraban su deber ser los primeros en “arrepentirse”, a la manera cristiana y hacerlo públicamente.

Las descripciones de Tbilisi, todo el capítulo georgiano, están como contaminada simpáticamente por el ojo de Pirosmani, un pintor naïve, el “Aduanero Rosseau” georgiano. La misma alegría que bulle en los banquetes pintados de Pirosmani la descubre el escritor en los ágapes reales como en el que le han agasajado ayer, “un banquete pantagruélico que dura cinco horas”. La descripción que luego aporta Pitol de una insólita letrina pública,  para dos docenas de clientes y que uno pensaría conservadas desde los tiempos de Tertuliano podría ser también un buen “pirosmani”, porque es el lugar adonde van a parar de manera natural lo bebido y lo comido en aquellos banquetes a los que el escritor asiste y que el artista pintó.

Es al descender a esta gigantesca letrina pública, donde, paradójicamente, asistimos, al punto culminante o más alto del libro. Es aquí, en esta letrina-ágora, donde termina realmente el viaje y donde hace el viajero su descubrimiento más importante. Se detiene Pitol en aquél baño publico convertido en club de discusión. En estos hombres soviéticos vueltos a su más absoluta y por momentos disgustante humanidad; olorosos pero humanos.

La describe así Pitol:

“Por el bullicio que se oía, el local debía ser un lugar muy concurrido. Tal vez, la letrina central de la ciudad. La luz era pésima. En un momento empecé a vislumbrar tras la fétida neblina una larga hilera de hombres de todas las edades, sentados en una banca interminable… Unos cuantos leían el periódico, todos hablaban y discutían… El pudor colectivo era inexistente. Se oían carcajadas al mismo tiempo que ruidos de vientre”.

Y al salir de allí tiene, en un jardín cercano -como San Agustín- una revelación. Quiere hablarse a sí mismo, en ese jardín, de la primavera, de los duraznos en flor, pero escucha sorprendido a sus labios moldear unos versitos que le recitaba de niño una sirvienta.

Lo cuenta Pitol en este pasaje:”La primavera estaba en su mejor momento. Los árboles comenzaban a florecer y el aroma era maravilloso, un perfume de … Iba yo a decir durazno, creo, pero de pronto, ante mi estupefacción, abro la boca y pronuncio en voz alta “Sal mojón/ de tu rincón/ hazme el milagro/ niño cagón” Y repetí ese estribillo dos o tres veces… Una felicidad me abrazó en el parque…”

Una felicidad lo abrazó en aquél parque. Como si hubiera estado diciendo a sí mismo pero también a Rusia: “alíviate Rusia. Deja de ser el país estirado en que te has convertido, vuelve a lo natural, a lo humano”.

En este libro de sabia composición musical, la de la letrina publica constituye la última entrada de un recurrente motivo escatológico. Antes, en Moscú, Pitol ya ha incluido como contraste favorable de las tiesuras de cera que encuentra en el Museo de Pushkin y que le recuerdan a personajes de Gogol enzarzados en una discusión absurda, el episodio de la señora armenia que al escucharlo leer un pasaje de Lizardi, en el que se refiere a “los estornudos traseros y el pestífero sahumerio que resultaba de ello”, pierde su “actitud marmórea” y grita enardecida: “Este señores, es el México que adoro”.

Y todavía antes, en Praga, ha introducido el escritor el mismo motivo, una señal de en qué plano se dará, capítulos después, su principal descubrimiento, pero que el lector quizá no ve, porque Pitol nada le adelanta. Sólo apunta esto: la historia de un hombre, en Praga, que cae una y otra vez, lastimeramente, sobre sus excrementos, “un viejo decrépito, de cabellos hirsutos, evidentemente borracho. Todavía ahora, escribe el autor, me aturde aquellas repetidas caídas sobre sus excrementos”.

Deberemos llegar a Tbilisi para entender porque esta visión es importante y centra, casi, el libro. Porque para mí, lo importante en este libro no es el cuadro de un imperio agonizante, burocrático y marasmático, sino la visión luminosa de su recuperación, no importa que centrado en lo escatológico. O si importa, porque da la medida del fino olfato (nunca mejor dicho) de su autor. Capaz de descubrir la principal falta del imperio precisamente en su momificación de la vida, en su talante o actitud marmórea.

Y también lo es porque comprende finalmente el lector, que estamos no sólo ante un libro de viajes, sino ante una “novela de una novela”. Conoce ahora cuál fue el arranque de la novela que termina concibiendo Domar a la divina garza que será, propiamente, una “novela del bajo vientre” en la que también, confiesa, tiene “amplia participación un ruso, Bajtín, autor del importante La cultura popular a finales de la Edad Media y a inicios del Renacimiento, en la que destaca el papel de la risa y lo grotesco en los rituales de nivelación, humanización y purificación carnavalescos.

 

IV

Por último: que Sergio Pitol titulase su libro simplemente El viaje podría parecer poco imaginativo si no fuera un proceder harto sospechoso en un autor dueño de títulos de sorprendente belleza y poder de sugerencia como El tañido de una flauta, (novela que antes de leer siempre quise leer solo por lo encantadoramente sonoro de su título) o la misma Domar a la Divina Garza.

Hay en esto de darle un título tan escueto como El Viaje, una intención expresa: a este título, de tan general, le cabe todo. Hace alusión no sólo al viaje que he reseñado escuetamente en los párrafos anteriores, sino que permite al libro funcionar como un manual de viajes, un texto que nos explica cómo se debe viajar, cuál ha de ser el bagaje del viajero. Como, antes de emprender el viaje propiamente dicho, se debe viajar a la literatura del país que se visita. Exhaustivamente. De ahí esos meandros -que podrían desconcertar en un libro de viajes- por el que nos adentramos en la vida Marina Tsvetáeva, poeta y suicida. Capítulos que le sirven para codificar la tragedia rusa, aunque abordada tangencialmente: el todo por una parte, el horror de la vida en Rusia por el horror de una vida rusa.

Y también se llama El viaje, he pensado, porque contiene más de uno: el primero, y en la superficie, a Praga y luego a Rusia y a Georgia, el tercero y más importante, a los ochenta, años de la perestroika: un viaje en el tiempo, que lo convierten, por último, en “una hazaña de la memoria” según el título de un pequeño capitulo, en el que incluye, sabiamente escanciado y como con la incoherencia del sueño, un fragmento del Sebastian Kgnith (de Vladimir Nabokov). Este pasaje le permite engarzar los inquietantes apuntes de un diario de sueños, esparcidos por todo el texto, en los que conversa con amigos muertos y es sobrevolado por parvadas de avestruces que parecen volar directamente de ese pasaje de Bruno Shulz en el que el padre loco descabeza las aves.

Estaciones todas de un viaje que es también un viaje mágico y que en su preludio en Praga, se anuncia fantasmagórico e irreal, un viaje al Corazón de las Tinieblas, pero que de la mano de un guía alborozado (no impávido y con el continente grave del mentor, sino alborozado e irreverente el mismo), termina siendo al Corazón de la Luz (o de lo que sería la luz). O bien, de lo que debió haber sido la luz.

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