El Libro en la valija: París era una fiesta

Hace unos años ideé una columna para la revista de viajes Travesías que titulé, El libro en la valija. Escribí sobre Berlín Alexander Platz, sobre Manhattan Transfer, sobre La Habana de Tres Tristes Tigres. Hoy he decidido colgar la nota que escribí sobre el París de Hemingway en París era una fiesta, 


¿Qué libro leer antes o después de un viaje: antes, para imaginar el destino al que viajamos; después para evocarlo? ¿Qué mejor libro para recordar París, esa fiesta o festín que nos sigue? Uno en particular, mi preferido: A moveable feast de Ernest Hemingway, que en español conocemos como París era una fiesta. Unas memorias, un libro de ensoñación que se cierra con un párrafo de devastadora nostalgia: “París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importar lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba..!”
En este libro está todo; los tejados de la ciudad, los arcos de sus puentes alargándose en perspectiva, los libreros con sus anaqueles en el pretil de los muelles, la librería Shakespeare & Co, donde era posible encontrarse con James Joyce y que sigue en funciones hoy día —aunque en un nuevo emplazamiento; los cafés en los bulevares con sus bellas mujeres como complemento obligado. Dice Hemingway: “Una chica entró en el café y se sentó sola en una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas con carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.”
Otra vez: lo que lo hace singular un libro de viajes no es la descripción exacta de los cafés o parques, el emplazamiento de algún restaurante (cualquier guía se lo proporcionará), sino la más fina comprensión de qué puede darte esa ciudad, la entonación perfecta para pensarla y recordarla, una suerte de elevado mirador desde el cual se logra su mejor vista: “En el extremo de la isla de la Cité, debajo del Pont-Neuf, donde está la estatua de Henri-Quatre y la isla termina en una punta afilada como una proa de barco, había un jardincillo al borde el agua con hermosos castaños” (Postdata de junio del 2010: el jardincillo sigue ahí).
Desde que salió publicado en 1964 este libro no ha dejado de ser leído como el perfecto manual del artista principiante, ansioso de vivir la bohemia parisina. Como muchos americanos que aparecen en las páginas del libro (Gertrude Stein, Ezra Pound, Scott Fitzgerald) el joven Hemingway, reportero del Toronto Star, había escogido el París de la primera posguerra por su extraordinaria baratura. Aún así conoció, nos dice, “la disciplina del hambre”. Y cuando come o cuando evoca sus comidas, se detiene en los sabores, en las texturas; el comentario perfecto a cierta cocina francesa más genuina o campesina (como él mismo): “La cerveza estaba muy fría, y era un gusto beberla. Las pommes à l’huile eran de pulpa firme, marinadas con un delicioso aceite de oliva. Las sazoné con pimienta, y las comí con pan mojado en el aceite. Después de beber el primer trago largo de cerveza, seguí bebiendo y comiendo muy despacio. Terminé las pommes à l’huile, pedí otra ración y un cervelas o salchicha parecida a la de Frankfurt, pero muy grande, cortada en dos mitades y cubierta con una salsa especial a base de mostaza.”
El libro tiene por momentos el encanto de esos filmes en blanco y negro, los primeros de Truffaut, por ejemplo, con Antoine Doinel cargando muy orondo dos grandes botellas de vino. Es la imagen que persiste en la memoria: un París ligero y un tanto démodé. Terminarlo es volver mentalmente a sus primeras páginas, repetirle a la ciudad las palabras que el enamoradizo Hem le dice a la chica del café en la mesa vecina: “Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte… Eres mía y todo París es mío…”

José Manuel Prieto
Nueva York

Foto: Ernest Hemingway frente a Shakespeare & Company, en los años 20.

Panorama de París desde Montmartre. Junio del 2010

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