FLECHA EN EL AZUL

Hace ya algunos años publiqué esta reseña en México

Arthur Koestler AUTOBIOGRAFÍA 2 Vols. Editorial Debate. Flecha en el azul. Volumen I. La escritura invisible. Volumen II, Madrid, 2000

“Pocas derivas ideológicas de las muchas que presenció el pasado siglo fueron tan bien documentadas como la del primero húngaro y luego inglés Arthur Koestler. Recién cumplidos los cincuenta años Koestler resuelve que su agitada vida, que incluye una espera de 102 días en un pabellón de condenados a muerte en la Cárcel Central de Sevilla, amerita ser narrada en detalle. La lectura del primero de los dos tomos de su autobiografía, Flecha en el azul, hace dudar de la pertinencia de tan temprano recuento. Conocemos que el joven Koestler, nacido en Viena de padre industrial y ama de casa, ambos judíos, atraviesa sus primeros años en el arrobamiento encantado de la infancia. Ciertos episodios, nos dice, perfilan un particular “sentido de justicia”. Titula este apartado “El alba política”, que sigue a un no menos previsible: “Y ahora el sexo”. El tedio, en suma, de una vida que parece ir a ninguna parte.

En 1926, sin embargo, viaja a Palestina, emprende su primer peregrinaje a la utopía, a la sionista en este caso, de la que regresa desencantado: “Yo había ido a Palestina como un joven lleno de entusiasmo, empujado por un impulso romántico. En lugar de la Utopía, había encontrado una realidad; una realidad extremadamente compleja que me atraía y me repelía”. El recuento de un segundo viaje a otra utopía, la Rusia soviética, resulta descorazonador en cierto sentido. A un lector de El cero y el infinito, una de las novelas políticas más importantes del siglo XX, tejida en torno a los célebres procesos de Moscú, y que muchos equiparan a la muy lúcida 1984 de George Orwell, puede asombrar la ligereza (y hasta ingenuidad) de ciertos juicios y observaciones del entonces miembro del Partido Comunista inglés (se afilia en 1932 y lo deja en 1938) sobre la “”patria del socialismo””. Esta parte de la biografía tiene momentos memorables como el recuento de su amorío con Nadezhda, una joven a quien, de seguro, la aventura con el inglés debe haberle costado, años después, la cárcel (algo que no imagina el sagaz Koestler, aquí ingenuo). En su condición de periodista viaja por todo el país y fragmentos de sus crónicas de entonces le sirven para ilustrar un episodio, iluminar un recuerdo.

Tomada Habla, memoria de Vladimir Nabokov como una autobiografía modélica, cargada sobre el mero recuerdo y no una pretendida reconstrucción fidedigna de hechos, supremamente afiligranada en lo estilístico, los dos tomos de Koestler dejan mucho que desear. Lo que cuenta, los personajes que “desfilan” por sus páginas, prueban ciertamente que Koestler se movió muy cerca del vórtice de la vida política en aquellos años: su amistad con el célebre Attila József; su actuación como reportero en la guerra civil española; el extrañísimo encuentro con el poeta negro Laston Hughes en las profundidades de la URSS, en Turkmenistán; sus “relaciones” con el GPU de Bakú; el retrato que aporta de Mijaíl Koltsov, el reportero estrella del Pravda en la España en guerra; su encuentro con Thomas Mann, en Locarno, del que sale muy decepcionado y, por último, su fuga a Inglaterra tras haber escrito El cero y el infinito. Todo, sin embargo, contado sin mucho nervio, con una prosa que se querría más apretada, de mayor brillo.

Justo hacía el final de la autobiografía, Koestler cree pertinente reproducir un diálogo que creo resume lo que he venido diciendo. En una plática, al mencionar alguien al excelente “”novelista inglés”” Arthur Koestler, su interlocutor hace la siguiente precisión: “”no es inglés; tampoco es un novelista, y me pregunto hasta qué punto es aceptable como escritor””.

Cierto es que le faltaban por escribir más de veinte libros, entre ellos, los que más releo: Los
sonámbulos (1959), una brillante historia de las cosmologías que abre con Aristarco de Samos, el primero en medir la distancia de la Tierra a la Luna, y el controversial La tercera
tribu (1976), sobre la única (y pasmosa) conversión al judaísmo de todo un pueblo que registra la historia, la de los jázaros. No hay en La escritura
invisible alusión o pista alguna de la celebridad que llegaría a alcanzar Koestler con los años (Caballero de la Orden del Imperio Británico, en 1970) ni tampoco figura -una ausencia por lo demás lógica en toda autobiografía- el suicidio junto con su esposa Cynthia, en marzo de 1983.

Publicado originalmente en el suplemento Hoja por Hoja, México

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s