Reseña de mi traducción del Réquiem de Anna Ajmátova por Enrique Vila-Matas

 

Esta reseña salió ya hace algunos años en Babelia. La he encontrado recientemente en mis archivos.

Anna Ajmátova, la mejor poeta rusa de todos los tiempos, era esbelta y flexible en su juventud, hasta el punto de que, en veladas de cafés bohemios, se divertía exhibiendo su truco preferido: descolgarse por un costado de la silla, pasar por debajo de ésta sin tocar el suelo, y volver a sentarse ante el asombro de la concurrencia. La que por esos días fuera una “joven frívola y sarcástica” (tal como proclama en Réquiem) perdería su carga frívola con el “torrente de hierro” estalinista que se llevó a tantos amigos y poetas a la tumba, pero jamás perdió flexibilidad y capacidad de asombrar a los otros con sus poses y mímica y su extraña imagen construida con un sistema de gestos que causaban tremendo impacto en sus casuales espectadores, y así Joseph Brodski, que la conoció cuando tenía ella ya 60 años, diría que su sola mirada le cortaba a uno el aliento. Y en su prólogo a esta nueva edición de Réquiem, nos dice Vladímir Leonóvich que ya mayor, marcada por el peso de los años, Ajmátova seguía sorprendiendo con sus gestos repentinos, fulgurantes y gráciles como lo era su verso y verbo poético: raudo, elegante, paradójico y preciso, que bien se podría llamar clásico.

Réquiem y su canto fúnebre por los millones de víctimas del estalinismo es un clásico de la literatura de todos los tiempos. Sus versos son herederos del legado puchkiniano y representan el mágico encuentro de la tradición clásica rusa con las vanguardias del siglo XX. Desdichado el país que mata a sus poetas, nos dice Ajmátova. Y leyendo Réquiem, con nuestra respiración contenida, vemos desfilar por nuestra imaginación más trágica y realista a Mayakovski pegándose un tiro “por razones personales”, a Pasternak condenado al silencio de su tumba, a Mandelstam muriendo en un campo de concentración, a Babel asesinado, a Pliniak asesinado, a Tsvetáieva suicidada, a Gumiliov fusilado: la lista del holocausto es tan escalofriante como infinita.

Esta edición de Réquiem y otros escritos cuenta con parte de la prodigiosa traducción que José Manuel Prieto ya publicara hace tres años en México (Artes de México/ Universidad Iberoamericana) e incluye, junto a Réquiem, casi una treintena de poemas fechados entre 1910 y 1961 y una colección de prosas autobiográficas (“me llamaron Anna en honor a mi abuela Anna Yegórovna Motovílova, cuya madre pertenecía a la estirpe de los descendientes de Gengis Khan y era la princesa tártara Ajmátova, apellido que convertí en mi nombre literario”) que nos permiten acercarnos como nunca a las verdades más íntimas de esta poetisa clásica, de la gran emperatriz de la lírica rusa.

Nada mejor se puede decir de Réquiem que lo que explica, en interpretación genial, Joseph Brodski en el epílogo de esta edición. Para Brodski lo más importante de Réquiem es el tema del desdoblamiento, el tema de la incapacidad del poeta para reaccionar de manera adecuada. Porque Ajmátova describe en Réquiem todos los horrores del “torrente de hierro” que fusiló a los poetas rusos, pero, además, habla de su proximidad con la locura (“el ala de la locura / cubrió la mitad del alma”) y acaba diciéndonos que comprendió que esa locura había logrado la victoria y que debía escucharla como quien presta oídos a un delirio ajeno. Y hay una gran verdad en esto último, pues Ajmátova describe la situación del poeta que ve todo lo que le ocurre como desde fuera. Porque cuando el poeta escribe, la escritura no constituye un acontecimiento menos importante que el hecho descrito. Hay un terrible encubrimiento de sí misma en Ajmátova, pues si bien ella maneja de rumor de fondo, a lo largo de todo el Réquiem, la tragedia de una madre que tiene a su hijo en la cárcel y amenazado de muerte, no puede evitar, con el gesto de la escritura poética, ver como algo ajeno todo ese horror y pesadilla. Por eso Brodski concluye que Réquiem está rozando constantemente los límites de la locura (como ocurre siempre con la literatura de altos vuelos), de una locura que se introduce, no por la propia catástrofe, no por la pérdida del hijo, sino por esa esquizofrenia moral, por esa escisión, no de la conciencia, sino de la conciencia moral. “La escisión”, dice Brodski, “entre el que sufre y el que escribe. Eso es lo que hace grande esta obra”. Grande y enormemente trágica y al mismo tiempo reveladora de algo que podría ser una dolorosa pero sagrada verdad, pues tal vez la poesía esté por encima de todo.

Autor Crítica: Enrique Vila-Matas
http://ojanguren.ojanguren.com/cgi-vel/homero/WFICHA-LIBRO.pro?COD-LIBRO=224359

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