¡Viva Cuba libre!


El día
Tal era la impaciencia por verlo llegar que muchos cubanos no se fueron a la cama el 19 y esperaron toda la noche a que dieran las doce en punto. Una salva atronadora anunció la llegada del día en que Cuba sería proclamada República, y a los cañones del Morro y la Cabaña se sumaron las sirenas de las fábricas y los barcos en la bahía. Ya nadie pudo dormir porque las calles se llenaron de gente que se abrazaba y gritaba alborozada. Los más previsores, todavía en la madrugada, ocuparon puestos en la Plaza de Armas, frente al Palacio de los Capitanes Generales donde tendría lugar la toma de posesión. Al mediodía del 20, faltando cinco minutos para las doce, al Salón Rojo del Palacio entró, por la izquierda, la delegación americana, encabezada por el general Leonard Wood, hasta ese día cabeza del gobierno interventor y, por la derecha, la cubana, a cuyo frente iba don Tomás Estrada Palma, presidente electo. El general Wood declaró terminada la dominación americana en la isla y anunció el traspaso del gobierno al presidente cubano. Acto seguido, leyó una carta de Theodore Roosevelt, el vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, que felicitaba al pueblo cubano por la independencia conseguida. En ese instante, sin que todavía terminase la ceremonia, el mar de personas abajo comenzó a contar las cuarenta y cinco salvas de la batería del Morro que anunciaban el cambio de banderas en la principal fortaleza del país. Cuando de su asta mayor, perfectamente visible desde la Plaza de Armas, se arrió la bandera americana y se izó enseña cubana la grita fue apoteósica. Sólo restaba que Rafael Cruz, presidente del Tribunal Supremo, tomara juramento a Estrada Palma. Minutos después, Leonard Wood bajó a la calle y caminó hasta el muelle acompañado de Estrada Palma y seguido por una multitud. Sin detenerse un segundo, abordó el Brooklyn, el crucero que lo llevaría de regreso a su país. (Los suboficiales y soldados viajarían en el Morro Castle, un vapor que cubría la ruta Habana-Nueva York y que pasaría a la historia no por este desempeño castrense, sino por la tragedia de un devastador incendio en alta mar, sin sobrevivientes, llorada en su día por el trío Matamoros). Una colecta pública había reunido 50 mil pesos para fuegos artificiales, cientos de banderas cubanas y adornos florales: la gran fiesta, con bailes por toda la ciudad y que en muchos barrios se prolongaría toda la semana, estaba por comenzar.


El presidente
Cuando sale al balcón del Palacio a saludar a la multitud que lo recibe con vítores, el hombre de perilla y lentes ovalados, de sesenta y siete años es prácticamente un desconocido para los habaneros. Presidente de la República en Armas en el lejano 1875, presidente de la Junta Cubana en los Estados Unidos, hace un mes escaso, el 20 de abril, el Almirante Ferragut, lo ha traído a Gibara, en el oriente de la isla, desde donde ha viajado a Santiago de Cuba. El 4 de mayo toma allí el vapor Julia en el que llega a La Habana tan sólo once días antes de la toma de posesión. Su popularidad, sin embargo, no se ha visto afectada por ello y ha sido recibido con creciente fervor, más por lo que simboliza que por él mismo. También ha ayudado que el Generalísimo Máximo Gómez, el héroe de la guerra, un dominicano, un extranjero que no aceptó puesto alguno en la Asamblea Constituyente, haya hecho campaña por él. El 16 de mayo por la noche, la Asamblea de Veteranos ofrece al gobierno interventor un banquete en el Teatro Tacón para lo cual disponen una enorme mesa en forma de escudo en la platea. Ha presidido el agasajo el propio Gómez y como maestro de ceremonias ha oficiado el Dr. Gonzalo de Quesada, amigo y albacea de José Martí, el gran ausente de esa noche y de este día. Durante años fueron prácticamente vecinos Martí y Estrada Palma. Aquél en Nueva York, éste en Central Valley, Virginia, donde ha vivido veinte años como maestro de una escuela primaria. Es protestante y cuáquero, un hombre probo.


El procónsul
Es quien ha firmado el bando especial que declara el día festivo y ordenado izar -el 11, cuando el Julia entra a la bahía de la Habana con el primer presidente de Cuba a bordo- la enseña cubana en el Morro. Hoy, y para asombro de muchos, diez minutos después de haberse proclamado la República y tras la ceremonia, ha ordenado que se arríe para llevársela como recuerdo. Ésta y el machete con mango de oro macizo y pedrería que le ha obsequiado la Asamblea de Veteranos son sus reliquias más preciadas de sus casi tres años como gobernador de Cuba. Es médico de profesión, graduado en Harvard, y tiene cuarenta y un años. Es un hombre de estatura elevada, complexión atlética, “alguien que siempre miraba a los ojos”. Un día declaró con vehemencia: “Yo aseguro, por mi honor de caballero y de militar, que por las instrucciones de mi gobierno vamos hacia la independencia; el gobierno de la isla se entregará a los cubanos”. Y los criollos -en esto son unánimes los testimonios- lo tuvieron por un buen gobernante, entre los mejores que haya conocido la isla.


Los cubanos
Del millón 500 mil cubanos que arrojó el censo de agosto de 1899, 424 mil viven en La Habana. Han debido adaptarse a profundos cambios en los tres años de dominación americana: una nueva ley de divorcio que obliga a que éstos sean atendidos en cortes civiles, la prohibición de las procesiones religiosas, la promulgación de una nueva ley escolar (calcada de la existente en Ohio) que en dos años ha llevado a más de 140 mil niños a escuelas públicas en lugar de las pocas y deficientes escuelas parroquiales españolas. Y otro motivo de alegría: la fiebre amarilla ha desaparecido. El descubrimiento del cubano Carlos J. Finlay y los experimentos organizados por Walter Reed, médico del ejército interventor, en “Las Ánimas” han permitido eliminar los mosquitos, en especial, al temible stegomya fasciata. Y aunque quizá no lo sepa la multitud que desborda la plaza, los casos han descendido de mil 400 en 1900 a ninguno reportado ese año en que nace la República.

Los españoles
El 20 de mayo mismo, lejos de allí, en Madrid, una verbena celebra la coronación de Alfonso XIII, que recibe un reino con el faltante de la “más preciosa de sus posesiones”. No tardarán, sin embargo, los peninsulares en lanzarse a una reconquista privada que, en contados años, llevará a 400 mil de ellos a la isla de Cuba. Es que la nueva República no es antiespañola. Muestra de ello es que el 17 de mayo, tres días antes de la toma de posesión, Estrada Palma y Wood han asistido al Casino Español a una ceremonia ofrecida para celebrar la coronación del nuevo rey. Y un español, Manuel Luciano Díaz, recibirá la cartera del Ministerio de Obras Públicas. Sólo las corridas de toros no se recuperarán jamás del golpe que les asesta el gobierno interventor: a pesar de que se levanta la prohibición, ya nunca serán populares.

Los americanos
No usan sombreros, extrañamente. Tampoco lo llevan este 20 de mayo. La costumbre ha indignado a más de un cubano, que no se imaginan andando así, obscenamente, con el “cráneo al descubierto”. Han sido estos hombres, de “sencillez republicana”, quienes censaron el país y construyeron el Ferrocarril Central que acorta el viaje desde Santiago de Cuba de 10 días (en precarios barcos de cabotaje) a 24 horas; han sido ellos quienes pusieron en marcha el tranvía eléctrico en La Habana, y quienes, según el principal cronista de la época, Martínez Ortiz, convirtieron a la isla de Cuba, “uno de los países más insalubres de la Tierra, y que por ello había adquirido triste celebridad… en uno de los más saludables” -para lo que debieron, en los tres años y medios que duró la administración, sacar “inmundicias y detritos” de las viviendas, en carretas “que podían contarse por miles”. Todo, cierto es, con el fin de preparar la inserción de Cuba en la economía norteña: para 1905 la colonia americana en la isla asciende a 13 mil personas, que poseen 50 000 000 de dólares en tierras. William Jennings Bryan, el líder de los demócratas americanos que viajó a la toma de posesión y dejó un extenso reportaje para uno de los semanarios ilustrados más importantes de la época, el Collier’s, vaticina: “La Habana está destinada a convertirse en un balneario de invierno (winter resort) para los turistas americanos. Está tan sólo a tres días y medio de Nueva York y a menos de un día de la Florida”.


La República
Cuba entraba al “concierto de los naciones libres” con el reparo del senador Platt. Al corresponsal que el Correo Español, de México, envió a la toma de posesión, no le pareció excesivo telegrafiar a su redacción los ocho artículos de la fatídica Enmienda. Dos son los más gravosos. Éste, el primero: “El gobierno de Cuba nunca celebrará con ningún poder o poderes extranjeros ningún tratado u otro pacto que menoscabe o tienda a menoscabar la independencia de Cuba, ni en manera alguna autorice o permita a ningún poder o poderes extranjeros obtener por colonización o para propósitos navales o militares o de otra manera asiento o jurisdicción sobre ninguna porción de dicha isla; y también el tercero: “El gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercer el derecho de intervenir para la preservación de la independencia de Cuba y el sostenimiento de un gobierno adecuado a la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual, y al cumplimiento de las obligaciones, con respecto a Cuba, impuestas a los Estados Unidos por el tratado de París y que deben ahora ser asumida y cumplidas por el gobierno de Cuba.
Esos párrafos pesarán hasta bien entrado el siglo y aún después de su abolición al comienzo de los años Treinta. No estaban errados los que alertaron que un mecanismo así llevaría a los partidos a buscar la intervención de los Estados Unidos como árbitro de cualquier diferencia. Ocurrió, en efecto, en tres ocasiones. Sólo que la que arrancaba aquel venturoso día de mayo, tutelada e imperfecta, era sin embargo una República real, impetuosa y brillante a su modo (sus mejores escritores, sus mejores músicos, crecidas y redondeadas sus más bellas ciudades), no una pseudorrepública como la vituperará aquella que comenzó en el 59.

José Manuel Prieto
Nueva York

2 Respuestas a “¡Viva Cuba libre!

  1. Querido José Manuel,
    tu artículo es un recuerdo luminoso; un recuerdo lleva a otro: mi memoria infantil se restaura viendo y escuchando, en blanco y negro, a Miguelito Matamoros cantando el terrible incendio y la Independencia de nuestra amada y amantísima Cuba.
    Recibe un abrazo desde Querétaro.

    Inocencio Reyes Ruiz

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