Reseña mía del libro de Umberto Eco sobre la traducción literaria

Lost (almost) in translation

Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción,

Umberto Eco

Lumen,  2008, 557 páginas

Traducción de Helena Lozano Miralles

Este serio libro sobre el todavía más serio arte de la tradución abre con una especie de broma al lector: Umberto Eco hace traducir a Babel Fish, ese servicio de traducción online . la primera línea del más leído de los libros, La Sagrada Biblia. Como era de esperar (y es algo que cualquiera que haya usado ese servicio conoce) su experimento produce los resultados más disímiles. Estos los usa el autor para enfrentar al lector a la dificultad inmediata y evidente de que no existen traducciones exactas. El imponente “In the beginning God created the heaven… con que abre la Biblia (en la traducción de King James) queda traducido (o reducido o malformado) por el inefable robot a: “En el dios que comenzaba creo el cielo…” Procede entonces Eco ha retraducir esta frase, ya profundamente descolocada, de vuelta al inglés y obtiene: “In the God that began created the sky…” que luego usa como punto de partida para traducir al alemán: “In Gott, der anfing, stellte den Himmel…”. El resultado de todo ello: un absoluto galimatías que muestra clara y de manera fehaciente cuánto es lo que aporta la mente del traductor, su compresión del contexto. Y qué lejos estamos del día en que los traductores de carne y hueso puedan ser remplazados por las hábiles máquinas y los más exhaustivos tesauros.

Porque se da la paradoja de que vivimos en un mundo cada vez más dendrítico, más rizomático, más si se quiere interconectado pero en lo concerniente a la lengua seguimos en las mismas cajas estanco (o como estanco) de nuestra lengua materna. El trujimán, el traductor, es la persona que cava túneles en sus paredes, busca conectarlas, o como diría Eco, casi conectarlas. Como durante algunos años yo mismo me gané la vida como traductor profesional y como también algunas de mis novelas han sido traducido a varias lenguas, he leído su Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción, desde la doble condición de traductor y autor traducido. Como traductor el libro me parece de una claridad sorprendente, logra encauzar la discusión convincentemente y con conocimiento de causa sobre temas que toda persona  que se haya dedicado al arduo arte de la traducción, se ha cuestionado más de una vez. Como autor cuyos libros con libros vertidos a diferentes lenguas y que he debido ver con impotencia a veces y con alegría otras, como mi libro terminaba sensiblemente cambiado o alterados en aquellos otros universos lingüísticos, he encontrado no pocos ejemplos de soluciones plausibles y de pautas para negociar con los traductores. Aunque empíricamente ya había dado yo con una regla para evaluar las traducciones de mis libros a idiomas que no domino la prolijidad del texto de Eco me la confirma: mientras más preguntas hace un traductor, mejor es la traducción. Conservo las más de cien que me hizo mi traductora al alemán durante la traducción de mi más reciente novela. Otro tantas tengo de la traductora en francés y con la traductora al inglés he sostenido largas sesiones de trabajo. Todas han hecho siempre un excelente trabajo avalado por esa acuciosa interpretación de los contextos, de los registros, de las palabras de difícil comprensión.

Umberto Eco también saca mucho provecho de esa doble condición y en su libro abundan ejemplos tanto de su práctica como traductor de Raymond Queneau y Gérard de Nerval, como de autor cuya obra ha sido vastamente traducida, uno puede imaginar a más de treinta o cuarenta idiomas. Ahora bien, a pesar de los múltiples ejemplos que Eco va colocando a lo largo de las más de quinientas páginas del libro, a pesar de su aparente variedad, pudiera decirse que todo el libro es una extendida variación de un único concepto, el de negociación.  O como no los explica: el principal objetivo de su libro es “intentar entender cómo, aun sabiendo que no se dice nunca lo mismo, se puede decir casi lo mismo. A estas alturas, lo que constituye el problema no esta tanto la idea de lo mismo, ni la de lo mismo, como la idea de este casi. ¿Cuánta elasticidad debe tener ese casi?” Con todo, el libro encierra más preguntas que respuestas. Quizá no pueda ser de otro modo, el principal objetivo de Eco, más que acuñar conceptos es condensar cierta tierra firme por sobre el cual hacer avanzar sus reflexiones. Muy al comienzo del libro pone en claro, por ejemplo que entiende cuando habla de traducción:

“Así pues, traducir quiere decir entender tanto el sistema interno de una lengua como la estructura de un texto determina en esa lengua, y construir un duplicado del sistema textual que, según una determinada descripción, pueda producir efectos análogos en el lector, ya sea en el plano semántico y sintáctico o en el estilístico, métrico, fonosimbólico, así como en lo que concierne a los efectos pasionales a los que el texto fuente tendía”.

Eco elabora ciertos  conceptos fundamentales que le sirven para vertebrar la discusión y que  el lector encontrara enunciados en los subtítulos. Mencionaré  unos cuántos: “Entender los contextos”, “La traducción concierne a mundos posibles”,  “La reversibilidad ideal”, “Reproducir el mismo efecto”, “Perdidas”, “Pérdidas de acuerdo entre las partes” “Compensaciones”, “Evitar enriquecer el texto”, “Traducir de cultura a cultura”, “Modernizar  y arcaizar”, “El casi de la traducción poética”, “El caso Queneau”, “El caso Joyce”, “Hacer ver lo no dicho”, “Colores”.

Eco se extiende diseccionándolos uno a uno; me limitaré a comentar unos cuantos. Trátese, por ejemplo, del casi de la traducción poética. Como traductor de poesía rusa más de una vez me he topado con la necesidad de aclarar, de traducir de cultura a cultura, reflexionado el por qué de que un poeta como Iosif Brodsky ceda mucho más fácil a la traducción que una poeta endemoniadamente compleja y entrelazada a profundidad en la lengua como Marina Tseváeva. El casi se convierte en un abismo prácticamente insondable que vuelve virtualmente imposible trasladar fielmente al castellano (y me temo que a cualquier otra lengua) la riqueza de la poesía de la rusa… Debemos resignarnos a ello, afirma Eco, aunque luchar siempre por lograr trasvasar la mayor cantidad de material poética posible porque:  “Con todo y ello, aunque aceptáramos la idea de que la poesía es intraducible por definición –y sin duda muchas poesías lo son-, el texto poético seguiría siendo una piedra de toque para cualquier tipo de traducción…”

Sigue diciendo Eco: “Evitar enriquecer el texto”. ¿Qué hacer si un autor tiene un léxico pobre? ¿Debemos enriquecerlo en la lengua de llegada? ¿Aportar riqueza, variedad de sinónimos allí donde le autor usa siempre la misma palabra? ¿Debemos intervenir a tal punto en el texto que este quede sensiblemente mejorado pero que por lo mismo traicione el tono del original, su textura, por decirlo así.

En lo referido a las “pérdidas” dice Eco que hay que calcularlas con ecuanimidad, todo lo qué se perderá en la traducción de manera insoslayable por la inadecuación de ambas lenguas, por la existencia de universos mentales disímiles y entender, por el contrario, qué se salvará. Es posible, nos dice Eco (y tratándose de la traducción de autores vivos) llegar un acuerdo con el autor sobre qué perder y qué salvar. Para ilustrar a qué se refiere aporta este ejemplo: “En mi novela La isla del día de antes, el padre Caspar es un religioso alemán que no sólo habla con acento alemán, sino que trasplanta directamente al italiano las construcciones sintácticas propias del alemán, con efectos caricaturescos”. Pero el traductor alemán se vio en apuros porque “¿Cómo consigue hablar, en alemán, el italiano que hablaría un alemán?” La solución del traductor fue hacerlo hablar un alemán barroco. Se perdió algo, pero se conservó casi el efecto del original.

Con relación a “Colores” hacia el final del libro se extiende en una jugosa disquisición sobre la  manera muy distinta en que las diferentes culturas “fragmentan” el espectro visual en colores, cómo los lingüistas han contabilizado hasta tres mil nombres de colores y matices para el inglés aunque en la vida cotidiana se usan solamente unos diez. Los rusos por ejemplo parten lo que nosotros llamamos  “azul marino”, en dos “colores”: sinei y goluboi. Entonces, cuando traducimos de una lengua con mayor riqueza denominativa de los colores, en este caso, el ruso, tal distinción se pierde. Eco señala, además, que la denominación de los colores, más que algo objetivo, es una “realidad sicológica” (por ejemplo, para los daltónicos, que son incapaces de saber, sino por comparación, que lo son). Por no hablar de qué nos sabemos, menciona, de qué modo exacto veían los antiguos: ese pasaje famoso citado por Borges sobre la “mar color de vino” de los antiguos y en Homero . Que verían el mar de la manera oscura y densa y roja como vemos el vino hoy día.

Traducir entre culturas, entre épocas, traducir como asimilación cultural. O como dice Eco que afirmaba Lutero, excelso traductor de la Biblia, padre, por medio de esa traducción, del alemán literario, que usaba indistintamente el vocablo “traducir” y el vocablo “germanizar.

Por último el libro está literalmente trufado de  de consejos útiles  que lo convierten en una suerte de Manual para Traductores en el que se presentan los problemas y se aportan las soluciones en prolijos ejemplos. Que  el autor tuvo en mente desde el principio: “Muchas veces, algunos textos de traductología me dejaban insatisfecho precisamente porque la riqueza de argumentos teóricos no iba acompañada por una panoplia de ejemplos suficientes”. Error subsanado en este libro, su lectura se convierte en una una experiencia políglota. Un párrafo de El nombre de la Rosa, del propio Eco, aparece en las versiones de las principales lenguas europeas, mientras que todo un largo pasaje de  pasaje de Nerval que el propio Eco tradujo es presentado simplemente en tres columnas: en el original francés, en la traducción italiana y en la versión castellana, respectivamente.

En ese mismo afán de hacer su libro más útil, Eco discute una variada bibliografía de libros sobre la traducción que van desde la Encyclopedia of Traslation Studies, recopilada por Baker en 1998, pasando por los textos ya clásicos de George Steine, Después de Babel, como por los de Walter Benjamin, traductor el mismo de Marcel Proust, o bien ensayos como el de Ortega y Gasset “Miseria y esplendor de la traducción”, de 1937  o un libro indispensable como  The translator´s Invisibility de Venuti Lawrence, de 1995.

Humberto Eco (Alessandria, 1932), titular de la cátedra de semiótica y director de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de la Universidad de Bolonia, a autor de muy celebrados ensayos, entre los que acuden con facilidad a la mente Apocalípticos e integrados, de 1965 y Tratado de Semiótica General, de 1975. En 1980 se estrenó con fulminante éxito El nombre de la rosa. A la que siguieron, no con tanta fortuna: El Péndulo de Focault, La vida del día después, Baudolino y otras. De todas ellas, encontrará el lector de este libro, fragmentos en una multitud de lenguas, organizados en una muy disfrutable lectura caleidoscópica. En cierto sentido, con Decir casi lo mismo Eco ha logrado algo más que una reflexión erudita sobre la traducción. “Finnegan’s wake nos alerta Eco en un punto de sus reflexiones, es más bien, un texto plurilingue. En consecuencia, sería inútil traducirlo, porque ya está traducido.” Mucho acierto en ello y es el efecto que calculadamente, negociadamente, Eco ha buscado suscitar en la mente de los lectores de su libro

José Manuel Prieto. Su más reciente novela, Rex, Ed. Anagrama. Traductor del ruso de Anna Ajmátova, Iosif Brodsky y Vladimir Maikovksi

Publicado en Primera Revista Latinoamericana de Libros

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