Capítulo de Nieve en La Habana

Este libro llegó a mi en forma de una traducción que debía ser revisada. Tras una somera lectura, entendí que debía, más correctamente, ser retraducido por completo. Cosa que hice no sin bastante esfuerzo. Tras haber trabajado años como traductor del ruso, fue mi primera traducción al inglés  y un reto importante. La dificultad consistía en los muchos registros lingüísticos que usa Eire para contar su historia. La memoria de un niño cubano contada por un adulto que es hoy día profesor de historia de las religiones de la universidad de Yale. Cuando hube terminado el trabajo, le hice una entrevista por teléfono basado en las notas que fui tomando mientras traducía su libro de nuevo. Le hablé de mi admiración por el libro, en particular por la visión de la infancia de un niño en Cuba que, a pesar de los años que nos separan, encontré tan fiel y cercana a la mía propia. Luego tuve ocasión de repetir esto mismo en la presentación que se organizó del libro en la Universidad de Columbia. He colocado una foto abajo de aquella oportunidad. Nos acompaña Milena Alberti, de Vintage en español, editora del libro en los Estados Unidos.

Pongo un breve fragmento de uno de los capítulos más logrados del libro.

9781400079704

Nieve en la Habana, por Carlos Eire

Capítulo 16

Se materializan de repente, como si surgieran de la nada e inesperadamente. Flotan y se suspenden en el azul del cielo más lentamente que todas las demás,  sin cambiar de forma, o cambiando tan lentamente que parece que ni han cambiado.

Ocupan mucho cielo, pero siempre dejando suficiente azul entre ellas y las otras. En todas las direcciones. Y nunca se ponen bocabajo. A veces de lado. Pero bocabajo, nunca.

Son de todos tamaños. La perspectiva es el idioma que más les gusta usar cuando bromean. Algunas son cortitas. Algunas largas. Algunas gorditas. Algunas casi abstractas. Algunas cubistas. Las cubistas son las que más me gustan, porque saben que son juegos de palabras.

¿Qué serán esas nubes que veo con tanta frecuencia? ¿Esas nubes con la silueta de Cuba?

En los últimos cuarenta y tantos años he visto ocho mil novecientas diecisiete nubes con la silueta de  Cuba. Lo sé porque las he contado, y el número exacto lo tengo grabado en la mente y en el corazón. Cuando muera, ábreme el cráneo por favor, y regístrame el cerebro. Te aseguro que encontrarás una mancha en mis sesos idéntica a la silueta de Cuba, y a esas nubes que me persiguen. Y por favor, también ábreme el pecho. Te prometo que encontrarás en mi corazón una cicatriz semejante a una nube con la silueta de Cuba.

Pensarás que invento todo esto, o peor, que estoy loco.

Bueno, sí, reconozco que me inventé el número exacto. No las he contado. ¿Quién puede contarlas? Pero sí es verdad que las veo constantemente. Esto sí cierto. Y en lo que se refiere a mi locura:  sí, puede ser que esté loco, pero no como lo imaginas.

Esta tarde, de camino a casa después del trabajo, vi una de esas nubes con la forma de Cuba flotando lentamente en la distancia, sobre la carretera.  Parecía detenida. Si hubieras estado en el automóvil conmigo, te la hubiera mostrado, y entonces hubieras tenido que decirme “¡Dios mío, sí,  tienes razón!”.

La primera vez que vi una de esas nubes fue en el campamento para niños refugiados de la Operación Pedro Pan —los niños y niñas que llegaron a los Estados Unidos sin acompañantes— en Homestead, Florida. Estábamos sentados en la acera, fuera del comedor, yo y otro niño que recién también había quedado huérfano. Estábamos recostados a una cerca de valla metálica mirando las musarañas, cuando me preguntó de repente:

—¿Verdad que las nubes en Cuba eran mucho más bonitas?

—Eso no es verdad. Es que extrañas tu casa —respondí.

—No, de veras. Fíjate bien. Estas nubes no se comparan a las que teníamos allá.

Alcé la vista, y examiné aquel cielo floridano lleno de nubes blancas gordas, altas, e hinchadas. Traté de ver la diferencia entre el cielo que estaba mirando y el cielo que había visto toda mi vida hasta diez días antes, pero no encontré ninguna diferencia.

—Lo siento, pero de veras no veo lo que dices —le dije a mi socio huérfano.

—Estás ciego. Es eso. Este cielo es muy diferente. No se compara al cielo de Cuba.

En ese momento me pareció que aquel muchacho ya estaba en camino de ser uno de esos poetas funestos, y entonces la vi, con el rabillo del ojo. Ahí estaba, la condenada. Una nube larga con la forma de Cuba, que para colmo de los colmos incluía una nubecita debajo igualita a la Isla de Pinos, la isla menor del archipiélago cubano donde mi primo Fernando estaba encarcelado.

Nunca antes había visto una nube como aquella. Y quiero que sepas que me había pasado la gran parte de mi infancia examinando el cielo, esperando a Jesucristo o a un platillo volador. En ese momento me asombró, y todavía me asombran cada vez que las veo, esas nubes con la forma de Cuba. Son una gran broma de parte de Dios, o de la naturaleza, si así te parece.

Estas nubes me persiguen. Las he visto por doquier. En Bluffton, Ohio, sobre un pueblo donde no hay ni una cerca. En Reykiavík, Islandia, muy cerca del círculo polar ártico. En México, al llegar a la alto de la pirámide del Sol. En Miniápolis, al anochecer, en el aire más frío que te puedes imaginar. En Wolfenbüttel, Alemania, por encima de una tienda de mascotas que se llamaba Vogel Paradies, o “Paraíso de los Pájaros”. En Tarzana, California, por encima de una carretera tan ancha como el río Mississippi.  En Watseka, Illinois, suspendidas por encima de uno de los parques más feos que existen sobre la faz de la Tierra. En Roma, mientras paseaba por el Foro, en el momento en que una serpiente salía de las ruinas. Hasta vi una en Kalamazoo, Michigan, gravitando por encima de una conferencia de académicos, sin que mil y un medievalistas se dieran cuenta.

¿Me verán a mí?

Bajo esas nubes vivo la vida que me ha tocado en suerte. Bajo ellas jamás pienso en lo que he perdido, sino en lo que no he tenido y seguramente nunca tendré. Lo que siempre estará fuera de mi alcance. Para mí estas nubes en la forma de Cuba no son tanto recuerdos del pasado como presagios del futuro. ¿Pero de qué futuro? ¿Qué pronosticarán con su silencio?

Parecen surgir de ensueños, a pesar de sí mismas, a pesar de su presencia y figura. Sin embargo, no me sorprendería si algún día saliera un rayo de una de ellas que me partiera en dos, y me redujera a vapor y cenizas. No debería extrañarme. Quizá hasta bajo techo, en el lugar menos esperado, me partirá un rayo cuando esté de espalda con la guardia baja. Quizá estando en un despacho elegantísimo con paredes de madera tallada. Quizá ante mis superiores una de esas nubes me aniquilará.  Así, sin más. Estoy seguro que esas nubes son capaces de la peor traición.

Quizá sean nubes de pesticidas. Un veneno exquisito e irresistible.

Esta tarde el tiempo se me ha ido volando. Más rápido no pudo haber ido. Dejé el  trabajo sin muchas ganas. Cuando llegué a casa, la nube con la forma de Cuba quedó afuera,  y la dejé que  desapareciera a su antojo. No sé de dónde provienen, y creo que no debo seguirlas ni tratar de ver hacia dónde van. Aparte, no sé cuál es la que me matará algún día.

Como siempre, mi hijo menor asoma de desde detrás de un muro y corre hacia mí a toda velocidad, hasta que se estrella contra mí. Su pequeño cráneo se estrella contra mi barriga como una bala de cañón. Como siempre, hago una mueca de dolor, suelto un uuuuuj sincero, y le doy las gracias por embestirme como si fuera un toro valiente, mientras él me abraza con sus bracitos tan puros.

—Qué abrazo taurino más bueno, Bruno. Fantástico. Uno de los mejores que me has dado.

Mi hija Grace me hace una muequita y pone los ojos en blanco. Le hago un guiño. Mi hijo mayor, John-Carlos sonríe. Le pido a Dios que ese momento nunca termine, como ha sucedido con los otros, como esta tarde terminará. Le pido a Dios que ni el abrazo taurino, ni las muequitas, ni las sonrisas jamás se esfumen, ni que se vuelvan nubes.

Pero sé que es algo imposible.

La próxima vez que salga de este bosque mío y esta casa mía, en rumbo al punto A, o al punto B, o al C, el N, Q, o Z, o cualquier otro punto, alguna otra nube pudiera estar ahí, encima de mí, o quizá no. Nunca sé por cierto cuándo, ni dónde, pero sé que sin lugar a dudas saldrá una, cuando menos la espere, cuando tenga la guardia baja.

“Ahí está” diré, cuando aparezca de la nada la Isla en forma de caimán, mi lagartija del pasado y del futuro. Tan sublime, tan etérea, tan inalcanzable, tan lista e insondable, tan sobrecargada de un poder que me puede encantar y aniquilar a la misma vez.

Qué fenómeno más raro, más mudo. Una evidencia tan extraña, tan absurda, ésta, mi cuarta prueba de la existencia de Dios.

Con Carlos Eire en la presentación de Nieve en La Habana (Columbia University)

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