Crónica de mi estadia en Marfa, Texas publicada en la Primera Revista Latinoamericana de Libros

UN LUGAR PARA ESCRIBIR, NADA MÁS

Hace unos meses recibí una llamada en mi celular. Una mujer de voz agradable se presentó como de la Lannan Foundation. Si sabía quiénes eran. La llamada me tomó por sorpresa. Por unos segundos no entendí de qué me hablaban pero luego recordé que sí, que no hacía mucho había asistido a un muy interesante congreso organizado por ellos en Georgetown University… Llamaban para preguntarme si deseaba pasar un  mes en la ciudad de Marfa, Texas, en un programa de residencia para escritores. Aquel nombre de Marfa me sonó en chino, o para ser más exacto, en ruso. Y en efecto, una semana después, cuando recibí el folleto del programa en el correo, supe que aquel nombre de Marfa había salido de un personaje secundario de Los hermanos Karamazov, la novela de Dostoevsky que en 1883 leía la esposa de un ejecutivo ferroviario, en un tren que pasaba a 4,830 pies de altura por el Chihuahuan Desert. Su esposo le preguntó qué nombre ponerle a tal pueblo recién fundado, ella levantó la vista del libro y pronunció: “Marfa”…  Una leyenda literaria que en cierto modo me reconcilió con la idea de viajar a miles de millas de Nueva York para sentarme a escribir en medio del desierto. Aunque no me preparó para el paisaje que encontraría: de impresionante belleza, coloreadas las montañas y las dunas en morados y en violeta, como un decorado de fondo que la cinta asfaltada de la carretera divide limpiamente en dos: la sensación de total irrealidad.

Llegué a la casa ya anocheciendo y la encontré muy acogedora: amplia, bien dispuesta y rodeada de un jardín, todo un lujo, pensé. Resultó, además, un excelente lugar para escribir. Lo que tiene que ver, en gran medida, con que haya sido diseñada expresamente para el programa de la residencia. Desde el excelente estudio provisto con todos los “recados de escribir”, hasta una extensa colección de entrevistas con escritores en video y audio, pasando por una colección no menos extensa de la obra de los otros escritores que estuvieron antes de mí. De pie junto al estante hojeo a David Foster Wallace, a Andrew Rubin, a Chris Abani, a John Balaban, a Rick Moody, a Monique Truong, y  muchos otros.

La larga lista me lleva a meditar sobre esto: que en mucho de lo que se escribe en los Estados Unidos subyace una fuerza invisible que en gran medida moldea la imponente producción que llena los estantes de los Barnes and Noble y los Borders. Me refiero a los apoyos privados y del gobierno, las becas y los programas de residencia como este de Marfa, que sostienen la creación literaria y atemperan la fuerza del mercado. The Lannan Foundation, en particular, mis anfitriones, son una fundación familiar privada que aporta dinero para muchos programas de artes visuales, de literatura, de comunidades indígenas y también para el programa en que estoy, de escritores en residencia. Ahora mismo, en junio del 2008, están Cyrus Cassells, excelente poeta y traductor, y Rubén Martínez, importante escritor de origen chicano con quien luego emprenderé una breve excursión a la frontera.

A diferencia de otras residencias —y hay un catálogo extenso de ellas que encuentro en ese mismo estante—, en Marfa no se le exige a nadie comidas o cenas comunitarias, actividades colectivas. La casa contiene todo y es, pienso, una suerte de cápsula o nave espacial aislada del desierto circundante, de donde salgo sólo a buscar comida al “Pueblo Market”, el único supermercado del lugar…

Para alguien que viene de América Latina no deja de asombrar, repito, el grado de apoyo que tiene la literatura aquí a través de este sistema de residencias. Me pregunto si habrá o funcionará algún programa así “al sur del Río Grande”. Creo que vale la pena reflexionar sobre ello, sobre este sistema tan difundido aquí en Norte América que hallo de tanta utilidad para la labor del escritor, para quien por razones de trabajo o familiares encuentra imposible aislarse por un mes siquiera para sacar adelante un libro.

Al tercer o cuarto día  visito el pintoresco edificio del juzgado, el no menos pintoresco hotel El Paisano y un par de galerías. Pero lo que define realmente a esta ciudad, termino por entenderlo, es ese encontrarse en medio del desierto, la forma súbita con que el tejido urbano acaba de golpe, desaparece a una cuadra de mi casa en las primeras arenas del desierto. “Habrás visto el fuego”, me dice Cyrus Cassells unos días después. Y sí había notado una gran humareda al día siguiente de mi arribo. El desierto ardió durante días en un frente de muchas millas de ancho y otras tantas de fondo. De pie frente al desierto, observando los arbustos chamuscados y más a lo lejos, toda la planicie negra, tengo la entera sensación de estar frente a un mar, el mismo silencio bajo un sol de justicia, que cae a plomo.

El entorno de la novela que estoy escribiendo y que sucede en un Nueva Orleans tropical, húmedo y bullicioso, no puede ser más distinto de este “Big sky country”, como rezan los folletos que inveteradamente recojo en la biblioteca del lugar. También ahora figura eso de “No country for old men” por la novela de Cormac McCarthy, que “pasa” por esta misma zona. La frontera queda a tan solo 60 millas y el tráfico de dinero y drogas es muy intenso. Un lugareño se me queja días después: si la Policía confisca un cargamento de dinero (que va de norte a sur) le está permitido quedarse con un alto por ciento (creo que dijo un ochenta por ciento). Pero para que haya ese dinero, debe entrar droga (de sur a norte). “Es fácil ver en qué estarán más interesados”, añadió. La zona está un tanto cargada de tensión, los controles son frecuentes en la carretera. Debo viajar con mi pasaporte y visa. En dos ocasiones me los pide el Border Patrol. Sin embargo, el pueblo es apacible, tranquilo, nada hay que temer: se puede dormir con la puerta abierta, y hasta tarde trabajo en el patio, cuando el calor amaina.

Marfa llegó a tener diez mil habitantes en su época de esplendor en los cuarenta y cincuenta, y varios cines que ahora son galerías, como casi todos los edificios en la Calle Mayor. En aquella época de oro también se construyó “El Paisano”, “el hotel más lujoso entre el Paso y San Antonio”, como reza una placa junto a la puerta, y se filmó lo que constituye la mayor leyenda del lugar: Giant, con James Dean, Elizabeth Taylor y Rock Hudson. El filme corre ahora interminablemente en el pequeño lobby, un lugar que vende parafernalia de Hollywood porque hoy día Marfa se ha convertido en el lugar obligado para filmar cualquier película que pase en el desierto. Aquí también se filmó la película basada en la novela de McCarthy y la otra sacada de Upton Sinclair There Will Be Blood, la saga del petróleo.

Por años el pueblo llevó una existencia fantasma, se desmanteló la base militar en las afueras (la misma que hoy ocupa la Fundación Chinati), la población mermó a menos de la mitad y sus edificios podían ser comprados a precio de ganga: la antigua fábrica de hielo, el antiguo cine del centro, etc. Eso fue lo que hizo con absoluta visión Donald Judd, el célebre artista minimalista, que fue como el príncipe que sacó a la ciudad de su largo sueño cuando dejó Nueva York e instaló sus cuarteles creativos en pleno desierto. Y la ciudad floreció. Hoy Marfa está de moda, hay mucho dinero en el pueblo, gente de todas partes. Las cosas han cambiado y el pueblo rebosa de galerías, muchos otros artistas se han mudado para acá. Algunas de las casas, es verdad, permanecen vacías, tan solo atendidas por los jardineros que hacen trabajar los aspersores de manera silenciosa, sin que tú te enteres (en la casa donde vivo, arrancan en las mañanas y se detienen en algún momento sin participación alguna de mi parte).

En cualquier caso, a pesar del arribo de tanta gente de afuera, no hay mucho que hacer por las noches. Según Douglas Humble, que es la persona de la Fundación en Marfa, la Lannan tenía primero las casas-residencia en Santa Fe, pero luego decidieron moverlas a Marfa, principalmente por que no hay tanta distracción como en la capital de Nuevo Mexico. Hay, de cierto, tan solo dos restaurantes “decentes”, con precios astronómicos. “Newyorkinos”, comenta alguien, pero no, como vengo de Nueva York insisto: “astronómicos” simplemente. Voy a cenar con Cyrus y Rubén, y una vez cenados no resta mucho que hacer aparte de volver a encerrarse en la burbuja climatizada de la casa y trabajar por horas.

La casa en Marfa se convirtió en el mejor lugar donde haya trabajado en años: ayudaron el total aislamiento, el silencio que tan solo era rasgado, de vez en cuando, por el pitido de uno de esos larguísimos trenes de carga que atraviesan la pradera, y por el tecleo, quedo a veces, sonoro y entusiasta otras, frente a mi computadora.

Pienso en cuanto más se haría en toda América Latina con un sistema así de residencias para creadores, el apoyo que significaría para nuestros escritores que deben subsistir con dos y tres trabajos. Un respiro así sería de grandísima ayuda y muy estimulante, además. Habría que entusiasmar a algunas de nuestras fundaciones con el proyecto. En México ya existen, por ejemplo, dos Casas Refugio que en su momento pertenecieron al Parlamento Internacional de Escritores. Pero su principal objetivo es proporcionar ayuda y residencia a escritores perseguidos. Estoy hablando de algo más prosaico, si se quiere: un lugar donde poder escribir durante un mes al menos lejos de las presiones del trabajo y hasta de la familia.Quizá exista ya alguna cuya existencia y funcionamiento desconozco. En cualquier caso, el tema está servido.

https://www.revistaprl.com/review.php?article=72&edition=1-6

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