En Ithaca

Es primavera en el Estado de Nueva York y voy viajando de regreso a la Universidad de Cornell, en Ithaca, donde soy profesor visitante este semestre. Cornell es una de las universidades de la “Liga de la Hiedra” (“The Ivy League”) y el campus es hermoso, pintorescamente dispuesto en lo alto de una colina que domina la ciudad, con grandes edificios grises de buena planta, amplias escaleras de roble y pasillos caldeados. Veinte mil estudiantes de matrícula, varios premios Nobel entre sus ex alumnos y profesores, muchos escritores: Kurt Vonnegut, Carl Sagan (que además era astrofísico), y el más importante de mi lista, Vladimir Nabokov.

De hecho, fue eso lo primero en que pensé cuando me ofrecieron venir aquí de profesor visitante. Sí, lógicamente, la universidad donde Nabokov dio clases durante tantos años (once, para ser exactos), la ciudad donde escribió Pnin, Pálido Fuego. Eso fue suficiente para que aceptara. Y también el curso a impartir, un panorama de literatura hispanoamericana contemporánea en el que he incluido a varios autores cubanos.
El primer día de clases subí a la oficina que Nabokov ocupara en el Goldwin Smith Hall y que ahora ocupa el profesor Kenneth McClane (Literatura en Lengua Inglesa). He escuchado que el profesor McClane está cansado de trabajar en una suerte de museo al que a toda hora llegan extraños interesados en ver el lugar donde, en parte, se escribió Lolita. Los intrusos llegan, se pasean por la oficina como por un lugar santo, tocan los muebles, algunos se retratan (para fastidio enorme de McClane) y se van.
Yo no, yo no entro porque no me siento bien exhibiéndome como turista o peregrino nabokoviano ante un colega; pero lo cierto es que cada vez que tiro de las pesadas puertas del Goldwin Smith para dar mi clase de las 12:10, no puedo no pensar en que estoy entrando al mismo edificio en que Nabokov impartió durante varios años su célebre Curso de Literatura Europa. La semana pasada, antes de que sonara la campana del turno anterior, subí al segundo piso y me saqué una foto a toda prisa para evitar ser sorprendido por uno de mis alumnos en aquel flagrante acto de turismo literario.

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También visito de vez en cuando la casa en 802 E Seneca Street, donde el escritor fue detenido por Vera Nabokova camino al incinerador con el manuscrito de Lolita: la casa, una construcción de madera de dos pisos, no desprovista de cierta elegancia, muy típica entre las de aquí, está hoy parcelada en cuartos y se renta a estudiantes. Como no conozco bien todavía la ciudad, debo preguntar cómo llegar a la calle donde vivo, Cascadilla Street, que se llama así porque, en efecto, es la continuación de una pequeña cascada. Todo el campus está asentado sobre un caprichoso terreno cruzado —o más exactamente zanjado— por profundas quebradas con arroyuelos saltarines. Me pregunto quién le habrá dado ese nombre español en un lugar en que abundan los topónimos de origen indio: Cayuga, Tioga, que provienen de la poderosa Confederación Iroquesa, dueña de toda la región de los Grandes Lagos (donde queda Ithaca, más al sur) ante de la llegada de los europeos.
Para mí, Ithaca pertenece al grupo de ciudades transfiguradas por haber entrado al mapa imaginario de la literatura. Como la ciudad de Illiers que Proust transformó en la mítica Combray, y donde también, me han dicho, se agolpan los turistas. La casa donde rento es igual, pienso, a la que Humbert Humbert descartó tras haberla inspeccionado someramente, pero en la que luego decidió quedarse tras descubrir a la hija de la dueña bronceándose en el patio. No es algo que pueda ocurrirme ahora: ha comenzado a nevar de repente. Veo caer la nieve desde la ventana de mi cuarto y en el silencio profundo que acompaña a toda nevada me reencuentro con el joven que fui hace muchos años, durante mi primer invierno en Rusia.
La ciudad es, por lo demás, muy tranquila, un tanto soñolienta: a las ocho de la noche tiene el aspecto que otras ciudades —las voces de pared a pared, un gato que atraviesa la calle vacía—, presentan a las dos de la mañana. Leo mucho, por consiguiente. Hay una inagotable reserva de libros en la biblioteca, que es excelente. Esta noche abro Magias e invenciones de Gastón Baquero y doy con este excelente poema que se me antoja también nabokoviano. Dice Gastón Baquero: “Ese pobre señor, gordo y herido / que lleva mariposas en los hombros […] Solo quiere una cosa, solo una: / descubrir el sendero que lo lleve / a hundirse para siempre en las estrellas.”

Fotos: Tarja y Godwin Smith Hall.

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