Reseña de los “Diarios” y “Correspondencia” de Liev Tolstói publicada en “Hoja por Hoja”, México

Correspondencia 1842-1879, Correspondencia 1880-1910
Liev Tolstói
Traducción y compilación de Selma Ancira,
México, Era-Conaculta, 2005, Biblioteca Era, 444 p.
ISBN 968-411-643-8

Diarios 1895-1910, Diarios. 1847-1894
Lev Tolstói
Traducción y compilación de Selma Ancira,
México, Era-Conaculta, 2003, Biblioteca Era, 482 p.
ISBN 968-411-574-1

Con el segundo volumen de la correspondencia del autor de La guerra y la paz se cierra la proeza de Selma Ancira de presentar al público hispanoparlante la prosa privada de Tolstoi. En este entusiasta panegírico, Prieto vuelve entrañable al monstruo de la literatura rusa

Dice el filósofo ruso Nikolai Berdiaev, citado por George Steiner en su imprescindible Tolstoi o Dostoievski: “es posible determinar dos patrones, dos tipos entre las almas humanas, unas inclinadas hacia el espíritu de Tolstoi, y otras inclinadas hacia el espíritu de Dostoievski”. Curiosa clasificación que muy bien pudo haberse inspirado en esa otra de Isaiah Berlin según la cual existen hombres-zorro, “que saben muchas cosas” (y Tolstoi sería uno de ellos), contrapuestos a los hombres-erizo, “que saben una sola cosa” (y que sería el caso de Dostoievski). Sin embargo, y es lo que me ha asaltado releyendo los Diarios y la Correspondencia de León Tolstoi excelentemente vertidos al castellano por Selma Ancira, tal división parece difuminarse o bien pudiera decirse que se resuelve en ellos esta dicotomía porque los diarios del “zorra” Tolstoi parecerían escritos por uno de esos personajes eternamente atormentados del “erizo” Dostoievski.

La de “diarios”, sin embargo, es una denominación engañosa, estrecha si se quiere. Estamos ante una obra que es muchas cosas al mismo tiempo. Por lo menos: el trasunto de una mente en funcionamiento explorada y taquigrafiada por su propio autor a la manera puntillosa, como de amanuense, típica del siglo XIX; una bitácora de escritor en que asienta los avatares de su actividad creativa; un largo comentario en paralelo (a running comentary, les llaman en inglés) a su propia obra; un registro no menos minucioso de sus lecturas; los cuadernos de apuntes de un pensador, de un teólogo, de un escritor filósofo y de un artista finísimo, con una capacidad única para anotar el mundo, multisensorial; y por último son —y esto muy relevante—, unas dolorosas confesiones.

Hay un aspecto en particular de su vida que el lector capta ya en el primer tomo: las tormentosas relaciones del conde León Tolstoi con su esposa Sofía Andreyevna. Abro con esto no porque sea el aspecto más relevante de los volúmenes que reseño sino porque, curiosamente, tiene que ver con los diarios mismos: tres días antes de casarse con Sofía, hija de los Bers, una familia vecina, una niña a quien ha visto crecer, León, de 36 años, le da a leer su diario. La crudeza de las revelaciones sexuales que pueblan sus páginas causa a la novia adolescente un profundo shock del que quizá no se recupera nunca. Súmese a esto que tras la noche de boda, Tolstoi se apresura a añadir una entrada en su diario en el que califica de insatisfactoria la experiencia. La recién casada, al tanto de los secretos que puede hallar en el diario, lo lee y, furiosa, le pega con ese mismo diario en la cara y por todo el cuerpo. Muchos años y muchos niños después, las relaciones se agriarán aún más cuando el célebre autor que, aunque noble, no era de una familia demasiado rica, decidió ceder los derechos de todas sus obras escritas después de 1881. De todas estas trifulcas maritales y familiares, hallaremos en los diarios y en la correspondencia sobrada constancia.

Algo más importante se saca en claro de la lectura de estos cuatro libros, algo que no por conocido sorprende menos: que escribir es un trabajo infernal, lleno de fracasos y desilusiones. Es una lectura, en ese sentido, confortante. No puedo darle otra palabra. Lo que dice, lo que lee, sus observaciones, el conocimiento diseminado en ello, no es nada que asombre particularmente; lo que asombra es el trabajo de años, de qué minúsculos detalles está tejido cualquier obra, sus grandes libros. Anota, por ejemplo, el 24 de septiembre de 1865, que “a Andrei debo darle recuerdos de la batalla de Brünn”. Y es de anotaciones así, insignificantes en apariencia, que emana toda la grandeza de creaciones como La guerra y la paz, que comienza a componer justo en ese año, o como Anna Karenina, de 1878, o Jadzhi-Murat, de 1896. Y esta otra observación: mientras más se hace, más se “vive”, menos se escribe un diario. Al menos los años que van de 1865 a 1870, que corresponden a la escritura de La guerra y la paz, son bastante escuetos, con anotaciones escasas, punteadas de simpáticos detalles cinegéticos: “maté a dos liebres blancas”.

Son, como ya he dicho, una bitácora de lectura. De un lector cuyos juicios, sin embargo, no deben ser seguidos al pie de la letra. Recuérdese su escandalosa descalificación de Shakespeare (en Shakespeare y el drama, de 1906) que semeja, en gran medida, la ceguera de Vladimir Nabokov ante la obra de Mijaíl Dostoievski. A propósito de este último, no incluye ninguna de sus obras en su lista de “obras que más me han impresionado (en carta a Mijail Lederle), donde sí aparecen los Relatos de un cazador de Iván Turgueniev. O bien esta otra valoración, cuestionable, de muchos años después: “Estuvimos hablando de Chejov… me quedó claro que Chejov, como Pushkin, hizo avanzar la forma. Y es un gran mérito. Pero igual que en Pushkin, no hay contenido.”

Tolstoi mueve su mirada de escritor filósofo, que todo lo cala y lo penetra, por una variedad impresionante de temas. El 23 de enero de 1902 apunta: “No hay demostración más clara de que la ciencia va por un camino equivocado en su certe-za de que lo descubrirá todo.” Lo que es muy cierto, por paradójico que pueda sonar hoy. Y luego, en su cuerda de la denuncia del amor carnal que tanto practicó en su juventud y que tanto aborrecería luego, escribe el 17 de marzo 1907: “Sólo los ancianos y los niños, libres del deseo sexual, viven una vida verdadera. Los demás no son sino una fábrica para la perpetuación de los animales”, en curiosa coincidencia con Jorge Luis Borges en su condena de los espejos y la cópula, culpables de la proliferación del género humano.

Como ya dije, sus diarios son también, y quizá más que nada, unas confesiones. Hay una palabra rusa para este tipo de indagación dolorosa y a fondo: samokopanie. Cavar en sí mismo, la búsqueda tortuosa, dar con las más últimas razones o los más oscuros móviles de un comportamiento y, más allá todavía, de la existencia. Asusta y angustia asomarse a algo así. No recuerdo, por ejemplo, igual grado de franqueza y samokopanie en autor alguno de nuestra lengua. A la manera de un san Agustín, con cuyas Confesiones las de Tolstoi guardan tanta afinidad, el ruso denuncia sin cortapisas su ociosidad, todas sus flaquezas. Véase, por ejemplo, esta anotación del 14 de abril de 1895: “Sigo siendo ocioso y malo. Ni pensamientos, ni sentimientos. Letargo espiritual. Y si algo se manifiesta, son los sentimientos más bajos: la bicicleta…”

Todo esto da como un fondo bueno, de debilidad compartida con los hombres, un deseo de acercarse al pueblo. En los veranos siega en los prados de Yasnaia Poliana y llega a confeccionarse, él mismo (¡un conde!), sus zapatos. El entusiasmo con que acogió al primer Gorki, un autor salido de los “bajos fondos”, aunque no dudaría años después en descalificar como panfleto político esa pésima novela, La madre, pionera de lo que llegaría a llamarse el “realismo socialista”.

Con relación a la profunda veta religiosa que atraviesa tanto sus diarios como sus cartas, llama la atención cuán vasta es en él y cuán ausente en escritores (pienso en Alexander Solzhenitsyn) que son vistos o, quizá mejor, se ven a sí mismos como continuadores del gran ruso, nuevos patriarcas de las letras y la moralidad rusa. En Tolstoi, que llegaría a ser excomulgado por el Santo Sínodo y que tras la conversión y la profunda crisis religiosa que experimentó a partir de 1880 escribió infinidad de obras y artículos sobre el tema religioso, es una constante. Es esa mansedumbre la que le permite comenzar una carta al zar con estas palabras: “hermano querido”.

Quedaría, por último, esta lectura: el conde León Tolstoi como “espejo de la revolución rusa” según la muy conocida y en gran medida falaz definición de Vladimir Lenin. Falaz porque apunta a las “condiciones objetivas” de la revolución que Tolstoi habría registrado impasiblemente. Y no, estos diarios, su correspondencia, prueban lo contrario: la manera activa como Tolstoi intentó cambiar el curso de los acontecimientos, alertó en misivas directas al zar de la violencia que se venía gestando. Aquí, por ejemplo, en esa misma carta en que lo llama “hermano querido”, del 10 de enero de 1902: “la autocracia es una forma obsoleta de gobierno que puede corresponder a las exigencias del pueblo en algún lugar de África central…”

Con su alma sintonizada y afinada, de artista, Tolstoi observaba trazos bajo el agua, franjas en el azogue provocadas por la conmoción que se avecinaba. Entiende e intuye la violencia acumulada en el pueblo, porque no todos los campesinos son esos ángeles iluminados en Turgueniev o esos filósofos ecuánimes como su Platón Karataev, de La guerra y la paz. Busca por consiguiente darles una guía, un afán pedagógico que repite el suyo con los niños de la escuelita rural que ha fundado en Yasnaia Poliana, un catecismo de no violencia que hallará seguidores en la lejana India, en ese joven lector suyo, Mohandas Karamchand Gandhi con quien sostiene correspondencia, mas no en Rusia, que conocerá el ascenso de los “endemoniados” dostoevskianos, dispuestos a erigir un mundo nuevo sobre las ruinas del imperio.

La lectura de todo diario siempre instila cierto desasosiego: en tres noches damos lectura a una vida que abarcó años, la prodigiosa carrera de un genio literario, autor de dos de las mayores novelas de todos los tiempos. La relectura de éstos me ha producido el efecto de una revelación constante. No hay que olvidar que Rusia, en la periferia de occidente, tiene mucho que ver con América Latina y con México en particular. Hay reflexiones en estos cuatro volúmenes que, de ser publicadas en cualquiera de nuestros periódicos, encajarían a la perfección como muy atinados comentarios a nuestro acontecer nacional…

Tolstoi murió de neumonía en la estación de Astopovo el 20 de noviembre de 1910, a los 82 años y tras el célebre episodio de su fuga. La última anotación en su diario es la del 29 de octubre. Ésta, del 6 de enero de 1903, siete años antes de su muerte, resume los tormentos de gran parte de su vida (tal y como aparece plasmada en estos cuatro volúmenes):”En estos días he sentido los tormentos del infierno. Traigo a la memoria la bajeza de mi vida en otras épocas y estos recuerdos no me abandonan y envenenan mi vida. Por lo general la gente lamenta que los recuerdos no se conserven después de la muerte. ¡Qué bueno que así sea! Sería un tormento si en esta vida me acordara de todas las cosas malas y dolorosas para mi conciencia, que cometí en la vida anterior.”

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