Reseña sobre la novela “El esposo divino” de Francisco Goldman publicada en “Letras libres”, México

El Esposo Divino, de Francisco Goldman

por José Manuel Prieto

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En la Pequeña París de El Esposo Divino, el trasunto de la ciudad de Guatemala donde pasa la mayor parte de la última novela de Francisco Goldman,llueve, truena y relampaguea húmeda, sonora y visualmente. La densidad sensorial del libro es tal que siempre parece estar ocurriendo ante los ojos del lector. Los personajes aparecen contra ese fondo de colores cambiantes (¡el Trópico!), exactamente delineados, con una fuerza y presencia únicas. Léase si no el primer encuentro de Mack Chinchilla, galán mestizo, mitad maya mitad yanqui, con María de las Nieves, la muchacha que muchos años después será su esposa, y que ocurre durante un aguacero que escuchamos, literalmente, diluviar.

Ha dicho Goldman que desde siempre le llamó la atención la historia detrás del célebre poema martiano “La niña de Guatemala” (“Quiero, a la sombra de un ala,/ contar este cuento en flor:/ la niña de Guatemala,/ la que se murió de amor…”), que narra en clave poética el amor de juventud de José Martí con María Granados, una señorita de la clase alta guatemalteca. La novela arranca años antes de ese suceso, en un convento donde han hallado refugio dos niñas, Paquita Aparicio, que es requerida para casarse por Justo Rufino, al que las jóvenes llaman el Anticristo, héroe de la revolución liberal de 1871, y María de las Nieves, una niña mitad irlandesa mitad maya que ha sido rescatada de la selva. En 1877 llega Martí a Guatemala, se instala como profesor de señoritas de la clase alta y tiene su célebre affaire con la “niña”. Diecisiete meses después, Martí se va a México a casarse con Carmen Zayas Bazán; María Granados lo espera: “Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de olor;/ el volvió, volvió casado;/ ella se murió de amor.” Goldman arma su historia a partir del poema, en una geografía que va de Guatemala a Nueva York (adonde posteriormente emigra Martí), y en la que la vida de María de las Nieves viene a ser una suerte de avatar de María Granados en el espacio virtual del libro: ¿qué habría pasado si hubiera vivido, qué si hubiera viajado a Estados Unidos, en qué habría terminado su vida?

Así contado, el libro podría parecer, quizá lo ha parecido a algún reseñista despistado, un novelón de aquellos, una acumulación de cuadros de costumbres, amorosamente pintados, estilísticamente virtuosos, pero tal vez demasiado extensos. Nada más lejos de la verdad, si bien es este el tipo de libro que, por su diapasón cronológico y la multitud de personajes, se beneficiaría con una lista de sus nombres y filiaciones; la novela es un todo perfectamente armado, rigurosamente calculado.

Hacia lo que quiero llamar la atención del lector de este libro, sin embargo, es hacia su vertiente mestiza, híbrida. Es, sin duda, una de las tantas lecturas posibles de esta obra, pero que saca a la luz lo que a mi entender constituye el núcleo de su historia, ¡de sus múltiples historias!: su exhaustiva exploración del mestizaje americano. Me remito aquí a lo ampliamente argumentado por Serge Gruzinski en The Mestizo Mind (Routledge, 2002): cómo el choque de culturas convirtió a América Latina en una civilización distinta, una bendita mezcolanza. A mi juicio, todo el libro busca hablar de esto, argumentar este punto. Y lo hace con elocuencia y detalle y en la forma siempre superior y elocuente y eficaz de la novela.

Quizá porque el mestizaje es tan interior en él, una experiencia tan natural (Goldman, Boston, 1957, es de madre guatemalteca y padre judío), el autor no estimó necesario enfatizar esta lectura. También, fuerza es decirlo, el libro no se agota en ello: dista de ser un panfleto o un simple “alegato mestizo”. Es, como dije arriba, una novela, sonora, palpable, llena de peripecias, con personajes simpatiquísimos: el aplatanado húngaro Josep Pryzpyz, reparador de paraguas; J.J. Jump, fotógrafo; el falso rey misquito y primer amante de María de las Nieves, y muchos otros. La línea del caucho, de la cochinilla para la púrpura cardenalicia, son como volutas de un cuadro general en donde entra, por ejemplo, uno de mis pasajes preferidos, el de un viaje en globo aerostático en que Goldman se las arregla para contarnos el aterrizaje forzoso del fotógrafo Nadar… ¡en Bélgica!

De vuelta en Guatemala, la sala de lectura del quiosco de la “Pequeña París” es el lugar mágico donde ocurren todos los encuentros (es importante que sea un lugar dedicado a la lectura). Es aquí donde el joven Martí, de 24 años y cuya elocuencia le ha valido el entre cariñoso y mordaz sobriquete de Dr. Torrente, le regala un libro a María de las Nieves, alumna suya y gran lectora de Middlemarch de George Eliot. Es aquí también donde el lector tiene un primer atisbo de la belleza angelical de María Granados, la “niña de Guatemala”, con “labios [que] tenían el color y una tersura como del terciopelo de una rosa de color profundo”. El quiosco es también el púlpito de José Martí, uno de los personajes mejor logrados del libro, que se revela como una pieza clave en la construcción de toda la historia, no sólo por sus notorias galanterías sino porque funciona, y esto es muy importante, como ideólogo de ese mestizaje del que he venido hablando, la voz más articulada de ese panamericanismo exaltado: “Nosotros convertimos a los indios en lo que son ahora… Pero sólo el indio puede salvarnos. Sólo los indios pueden salvar a América.”

Con su Martí, Goldman ha logrado algo que muchos escritores cubanos, quizá obnubilados por la “estatura” histórica del personaje, jamás han podido: crear un José Martí humano, lejos del hieratismo de su hipóstasis ecuestre y en bronce regada por toda la isla de Cuba. Y para mayor familiaridad o cercanía, en la segunda mitad de libro, el autor nos entrega el contenido (¡secreto, nunca antes leído!) de un mítico informe sobre el cubano que el gobierno español encargó a la empresa de detectives Pinkerton. A través de los ojos de E.S., el agente que lo sigue día y noche, descubrimos al héroe de la independencia cubana en un acto tan poco edificante como hacerle el amor a su discípula americana, Miss Paral. Tampoco elude Goldman el espinoso asunto de los amores de Martí con su casera, Carmita Miyares, y la paternidad de María Mantilla, que hacia el final del libro aparece de la mano del maestro en una vivaz escena en el Central Park neoyorquino.

El estilo profuso y detallado (barroco, se ha dicho) del libro no es en grado alguno ajeno a lo que se quiere contar, sino consustancial. Por lo mismo que he venido diciendo y por lo que apunta en su libro Gruzinski, el arte mestizo gravita de manera natural hacia el barroquismo, se vale de él para reconciliar sus distantes orígenes. El “barroquismo” de este libro, entonces, nada tiene que ver con imitación alguna del florido estilo “mágico realista”, sino que emerge de la naturaleza misma de la historia que se cuenta y de los personajes que la animan. Como si debiera ser escrito dos veces, primero para la parte más directa, práctica, emprendedora, anglosajona de ellos (Mack) y luego para la latina, más regodeada, lenta, demorada (Chinchilla).

La novela, descubrimos hacia el final, es resultado de una pesquisa encargada a un narrador que responde al nombre de Paquito y que debe descubrir la verdadera identidad del padre de Matilde, posible hija de María de las Nieves con José Martí. Lo que termina saliendo a la luz, sin embargo, lo revelado es esa raíz mestiza del continente, “el ADN del hemisferio”, como lo llama el autor. El ulterior largo viaje de María de las Nieves a Nueva York, del que se sirve el autor para la ordenación de todo el material narrativo, es también una suerte de ascensión simbólica: ahí, en Nueva York, vive ahora Martí, y en Nueva York, la ciudad mezclada por excelencia, la ciudad “crisol”, es donde se consuma la historia –María de las Nieves reencontrará a Mack Chinchilla durante una insólita carrera en el Madison Square Garden. “Era como un ídolo sobrenatural, una figura de barro a la cual se le había soplado la indestructible fuerza de la vida.” Pasados los años Mack se convertirá en el “Rey del Caucho”, una sustancia ella misma americana: extensible, acomodaticia, buena para tantas cosas.

En las anteriores versiones castellanas de los libros de Goldman –la multipremiada La larga noche de los pollos blancos, de 1992, y El marinero raso, de 1997– muchos de sus personajes centroamericanos se expresaban como simpáticos tíos madrileños. Tal defecto ha sido superado aquí por la excelente traducción de Laura Emilia Pacheco: el lector encuentra intactos los chiqueos, los giros más simpáticos del habla chapín. Hay una dimensión que echo de menos, no obstante, y es el bilingüismo ex profeso de la prosa de Goldman, que se mueve entre el inglés y el español sin aviso alguno, buscando reforzar, a nivel visual o lingüístico, la doble condición, anglosajona y latina, que blasona.

En el tren que la lleva a Nueva York atravesando el Medio Oeste, María de las Nieves tiene un encuentro que relata en detalle a su adorado José Martí, el “Esposo Divino” de la novela. Se consuma en este pasaje la visión de aquel de una América unida: “Dos niñas del Oeste, Pepe, del vasto vacío del que escuchamos tantas cosas aterradoras. Ambas con largas trenzas que caían sobre sus hombros, vestidas de manera muy rústica… Una de ellas… era una niña india, con sonrosadas y regordetas mejillas… la otra… era delgada y rubia, con ojos azules y con la misma alegría y apariencia saludable.” ~

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