Cuento Navideño

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MUERE YORKSHIRE

Cuento navideño

Tropecé con él dos veces en inglés antes de acomodarnos uno frente al otro sobre el piso alfombrado del ferry (boletos solo de subida, sin derecho a camarotes), recargados sobre nuestras mochilas, hablando ya en español.

“Es la historia de una traición – optó por franquearse en un momento de la larga noche, el Mediterráneo afuera. – No he dejado de pensar en ello todas las navidades entre aquél año y este. Mi padre y yo traicionamos a alguien que habíamos acogido en nuestra casa, dado cobijo. Como a esos caballeros que se detenían a pernoctar en una posada y al caer la noche eran asesinados por el posadero y su hijo…”

Me llamaron la atención su acento, el tipo de palabras con que pensaba, los vidrios de sus lentes, azules. Asentí con un gesto; él continúo su historia:

“Seguí a mi padre en la luz blanca de mi emoción, que ahora, años después, me hace ver algo imposible: a mi mismo desdoblado, – una ristra de muchachos de la edad que tenía entonces – avanzando en la oscuridad del jardín, cargando todo lo necesario para la faena. El primero de esos muchachos con la jofaina para la sangre, el segundo con una cuerda gruesa arrollada que le cuelga del hombro, un tercero con un mazo y el último de ellos tan sólo con la mirada con que los niños ven salir la sangre de un animal al que le clavan un cuchillo en el cuello. Todos planos, todos llevados hacia atrás, elongados por la luz blanca de la linterna con que mi padre alumbraba el camino y hacia delante por la curiosidad y por el impulso de mi padre, la certeza con que buscaba encandilar a Yorkshire…”

“No me había interesado antes en él, lo había visto fieramente y desde un primer momento como un cerdo a sacrificar. Sin sentimientos encontrados sobre su estancia en la casa de juegos del jardín. Toda mi ansiedad aunada en un solo haz, percibiéndolo no en su estado temporal de cerdo rosado, sino en el futuro y crujiente de animal empalado. En todas las casas, en los enormes patios de aquellas casas, en los años setenta. Todos congelados en una danza frenética en el segundo que me izaba para verlos por sobre los muros del patio. A los músicos que se reunían desde temprano, faltándole al cerdo (un yorkshire o cualquier otro) tres o cuatro horas sobres las brasas, allá en Cuba… Músicos que en mi recuerdo veo perfectamente en trajecitos negros como esos violinistas judíos o zíngaros contratados para tocar en bodas pero que allá en Cuba sabía que eran mecánicos o electricistas, profesiones nuevas o relativamente nuevas. Todos de la manera más ingenua, como suabos sobre un lienzo. Envueltos en la luz amarilla de la tarde en que comían, mondaban con fruición los huesos de otros yorkshires, se acomodaban luego con las barrigas llenas, en los patios de sus casas, en sus jardines”.

“Mi padre no había planeado una fiesta así, no ese año de la peste (la plaga porcina que azotaba la isla); pero igual debía darle muerte a Yorkshire. Una muerte calculada de la manera más cruel por la mente de un hombre joven y práctico. Lo había salvado de la hoguera en que eran incinerados sin misericordia, sabiéndolo no apestado; lo había dejado vivir como a un caballero en el jardín de una de esas casas californianas (aunque no fuera California), grandes y confortables, con garajes para dos y tres autos. Cómodamente instalado en la preciosa casa de juego, de madera cepillada y pintada de azul, una casa de muñecas en tamaño real, mientras los yorkshires, afuera, morían en masa: una fiebre aftosa, una suerte de peste porcina que adelantaba, ahora lo pienso, nuestra próxima caída en masa o desaparición… No vería Yorkshire aparecer al hombre del delantal de hule, no sería incinerado con toda la piara: fue ocultado, salvado de la peste para morir de esta otra manera, indolora.”

“Un matarife estaba excluido porque alertaría a las autoridades sanitarias. A una matarife habría que darle (para acallarlo) toda la sangre de Yorkshire, toda una pierna quizá: el dinero sobraba y no había nada que comprar con él. Un hombre joven, una persona con conocimientos de medicina como mi padre sabría hacer él sólo la faena. Bien, ayudado por mi. ”

“Mezclaría con la comida, le daría de beber algún somnífero (¡a un puerco! No dejo de sonreírme cuando pienso en esto). Lo sorprendería dormido, buscaría fácilmente, sin forcejeos, la carótida con dos dedos aplicado a su compacto cuello, lo encandilaría en ultima instancia con la luz de una linterna, lo atontaría, previamente (y también) con un mazo…”

“Veo a uno de esos niños, a uno de mis yos (el más excitado) adelantarse, desprenderse de la estela para observarlo todo fijamente antes de pasarle a mi padre el mazo… Mi padre lo sostuvo en alto, lo dejó caer con fuerza sobre la frente de Yorkshire. Que dormía, pero no bajo los efectos del somnífero, sino como es usual en los cerdos: que ronzan por el día y duermen por la noche.”

“Lanzó un alarido terrible. No el chillido de un cerdo, el alarido de alguien traicionado, despertado en mitad de la noche, alevosamente, atacado por un amigo. No el simple chillido de un animal que teme morir. Mis oídos captaron una queja más profunda, un tono casi humano. Pero se recuperó al instante, Yorkshire. Como un caballero que ha sido traicionado por su mesnada en su tienda y salta sobre sus rollizas patas y bufa e intenta desesperadamente echar manos a sus armas; en el caso de un caballero, alguna espada con empuñadura de oro y pedrería; en el caso de Yorkshire, correr chillando de manera que mi padre, comprendiendo la gravedad de su error, no sólo habiendo calculado mal la dosis del somnífero, habiendo equivocado también el peso de mazo que rebotó elásticamente contra la dura testa de Yorkshire… De manera que mi padre, entendida a fondo la torpeza de su plan.”

“Permaneció de pie con los brazos caídos y el semblante de un cirujano al que se le escapa un paciente entre las manos: el secreto del cautiverio de Yorkshire limpiamentecercenado por sus chillidos, puesto en alerta todo el vecindario. Por lo que debió contratar a un matarife a quien hubo que darle (como temía) una pierna en pago (y también la sangre).”

“Sobrevivió Yorkshire esa madrugada. Ascendió por las horas de ese día aún vivo, mi padre buscando desesperadamente al matarife. Murió en una fecha imprecisa de finales de diciembre. ¿No hubiera sido mejor para él morir aquella madrugada, ser limpiado con un cuchillo muy afilado y agua hirviente, como seguro aún se sigue haciendo; girar empalado hasta dorarse en el centro de la atención de los músicos, los niños, los hombres maduros con sus esposas?”

-Hasta ese día, sabe… -se echó hacia delante mi interlocutor, hizo avanzar su rostro sobre sus piernas sin dejar por ello el cono de sombra. -No lo había visto así… Fue la manera que tuvo de defenderse…

-He pensado lo mismo -lo interrumpí. -Sobre los toros. Ante al trance de morir en la penumbra de un matadero, puesto a escoger, ¿no escogeríamos todos morir corriendo bravamente a la vista del público? Mucho mejor, ¿no cree? A ser ultimados a lo oscuro en un rastro He pensado en eso…

– ¿Le he hablado yo de toros? -saltó molesto (era un hombre de unos cuarenta y cinco años). – ¿Qué tienen que ver los toros en esto? ¿Pero usted de dónde es? ¿Es usted cubano?

Escogí no responderle.

José Manuel Prieto

© Diario Reforma, México

Una respuesta a “Cuento Navideño

  1. Hace varios años, un diario mexicano pidió a un grupo de escritores latinoamericanos que escribieran algo relacionado con la Navidad. De ahí salio este breve relato de Nochebuena

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