Ghiyas Uddim Abul Fath Omar Ibn Ibrahim al-Jayyami, bebedor de vino

En 1992, siguiendo la huella de tantos mercaderes que durante siglos han ido a abrevar en el ancho cauce de la Ruta de la Seda, hice un viaje a Samarcanda. Unas valijas sumergidas en aquella ciudad, en pleno torrente, podían llenarse con inaudita rapidez de sedas de la China, radiotransistores y lacas del Japón, tapices persas, del Irán.
La tarde que llegué, todavía sin examinar los tapices (de contrabando) y las pieles finas (de contrabando) con que planeaba llenar mis alforjas, fui a posar las palmas de mis manos en los azulejos aún calientes de los minaretes.
Conservo una foto mía de pie junto a sus ventrudas paredes. Me veo, ahora que la estudio, sosteniendo un pequeño libro comprado allí mismo, una traducción al ruso de Omar Jayyam.
Nadie supo decirme si el poeta había vivido allí (lo que sí ocurrió, durante un corto tiempo) y si había muerto allí. Albergué la esperanza de conocer su tumba. Y cuando visité el viejo cementerio medieval, y subí y bajé por sus callejuelas empedradas, a ambos lados de las cuales, como en un pasaje, se erguían mausoleos de adobe cocido, pretendí que mi guía, un mercader coreano, me mostrara la tumba de Jayyam. Ahora sé que era imposible: los restos del persa descansan a muchos kilómetros de allí, en Nishapur, al norte de Irán.
Lo que sí hicimos esa noche, sentados blandamente en corro sobre alfombras y tapices persas, fue beber copiosamente un vino rojo y espeso con mis nuevo amigos, el pequeño mercader coreano y sus amigos uzbekos (que terminarían traicionándome). Caigo en la cuenta ahora que fue de esa manera líquida, por así decirlo, que visité la tumba de Omar Jayyam. Porque, ¿no dice en un robâi: “Quiero que cuando me muera borren todas mis huellas;/ y para que mi vida sea ejemplar, que amasen/ con vino mis cenizas, y con ellas construyan la tapadera de una tinaja para vino”?
No conozco otro libro que de manera tan explícita invite a sortear, vencer o salvar los obstáculos de un día con el solo expediente del vino. Recién despunta la mañana y al dormido se le despierta con estos sonoros versos: “Despertaos, despertaos durmientes, que la aurora arrojó ya la piedra al piélago nocturno”. El primer pensamiento del poeta, el primer movimiento de su alma, es hacia el vino. “Levantaos, camaradas, y llenad vuestras copas, / pues ya se agita el dulce vino de la existencia”.

Su célebre Rubaiyat, el libro que soñó y compuso en el lejano siglo XII, es una variación incansable sobre el tema del beber. De los doscientos cincuenta robâi, o cuartetos persas, que conforman la versión en mi poder, traducida directamente del persa por el arabista José Gibert, la palabra “vino” figura en más de ochenta… Para las mil dificultades de un día, ante las tres mil preguntas de la existencia, Jayyam recomienda beber vino. Como en estos versos: “Llena otra vez la copa que nos libra del yugo/ de las vanas angustias y las vanas zozobras”. Y también aquí: “No pretendas, Jayyam, descifrar el enigma de la Vida, que sólo es una ficción. Lo eterno es una copa llena de burbujas…” Y en estos, por último: “¿Para qué meditar en los cuatro elementos/ y en los cinco sentidos? ¿Acaso nos importa que existan cien misterios? No somos más que polvo. / Pasamos como un soplo… Sírveme vino, joven”.
Antes tuvo que procurarse Jayyam los medios necesarios para esta vida de catador (“Da cuanto tengas, pero haz todo lo posible/ para que en la vejez jamás te falte el vino”). Y lo hizo, es leyenda, cerrando un trato con dos de sus amigos de juventud: el primero de ellos que se encumbrase, ayudaría a los demás a colocarse en la vida. Se les adelantó Nizam al Mulk, convertido, graciosamente, en visir del sultán. Hassam el Sabbah, el otro amigo, obtuvo de Nizam un cargo en la corte. Terminaría, sin embargo, lejos de ella, en las montañas al sur del Mar Caspio donde fundó una secta, la de los hassassines , que a la pesada espada de los Cruzados opusieron la sutileza (y el horror) del cordón de seda estrangulador. Ghiyas Uddim Abul Fath Omar Ibn Ibrahim al-Jayyami, más sabio, pidió para sí una pensión de mil 200 mitkales de oro con los que adquirió la libertad de pensar las matemáticas, escudriñar el cielo e imaginar versos como los que siguen: “Créeme, bebe vino. El vino es la vida eterna, / lo que nos devuelve la juventud. Con vino/ y alegres compañía, la estación de las rosas/ vuelve. Goza el fugaz momento que es la vida”. Y estos otros: “Hay quienes sólo ambicionan las glorias de este mundo/ y otros a las huríes del Edén. Yo prefiero un buen vaso de vino. Cobra al contado siempre…” (Mucho mejor, este último verso, en la sonora traducción de Edward Fitzgerald: “Ah, take the Cash, and let the Credit go”).
Dentro de esta frontera líquida (¿una escafandra de vino?) el poeta se desplazalibremente, y su agudeza gana dioptrías: “Cuando bebo… comprendo lo

que dicen/ la rosa, la amapola y el jazmín, y aún comprendo/ lo que decir no saben los libros de mi alma”. En el entusiasmo, en la euforia de esta neblina roja, llama al vino “alquimista que transforma en oro/ el plomo de nuestra cotidiana existencia”. Para un comentarista ese vino en Jayyam no es vino, sino, como para los sufíes (que Jayyam no era) amor a Dios y fervor religioso (la embriaguez). No lo creo, sus estanzas rezuman un líquido real, rojo y espeso. Aquí: “una gota de vino del color del rubí”. Y también aquí: “vino de color de amapola”.
Todo el día del Rubaiyat, el día poético, podríamos llamarlo, transcurre entre la taberna y el jardín, el Paradiso persa, en el que jóvenes huríes le escancian vino al poeta en copas de oro. Y cuando ve caer la noche sobre los muros del jardín, Jayyam canta (en persa): “La luna ha desgarrado ya el manto de la noche. / Bebe, pues no hallarás momento más propicio…” Yo también la vi aparecer sobre los muros de aquella casa (una casa no amiga), mientras bebía y se cambiaba en “rubí el ámbar de mi rostro”.
Enrollados, descansaban los tapices en mis valijas. No sabía que sería robado por el coreano y los uzbekos… Pude haberlo leído en Jayyam, adelantarme al golpe: “No encontrarás en este bazar un solo amigo. / Atiende mi consejo: renuncia a todo apoyo”.
En la destartalada estación de Samarcanda, mientras esperaba el tren a Tashkent, ya sin valijas (o desvalijado) me rehusé -¡tontamente!- a “regar” el arroz dorado del plov con un vaso de vino.
No debí negarme, no había momento más propicio: “¿Qué día sienta mejor el vino al alma? ¿No lo sabes? Domingo, lunes, martes/ miércoles, jueves, viernes, sábado”. Aquel  un jueves, todavía lo recuerdo claramente.

José Manuel Prieto
Nueva York

Originalmente publicado en el periódico “Reforma” de la Ciudad de México

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